El amor lésbico no parece haber interesado mucho en la Antigüedad clásica, al menos no en la cultura visual. No hay una sola escena de sexo entre mujeres ni en Grecia ni en Roma. Se ha especulado y se ha buscado mucho en las imágenes reflejos de la homosexualidad femenina en un mundo donde la tradición iconográfica del amor entre hombres es tan fuerte. Muchas veces se ha sugerido que en una sociedad como la griega, con tal división de sexos, la insatisfacción femenina podría haberse canalizado hacia la homosexualidad de forma «natural». Algunos textos, no sólo los de Safo, ponen al descubierto este tipo de prácticas. Luciano, por ejemplo, nos cuenta con palabras femeninas la manera en que es seducida una mujer por otras. […]
En su afán por encontrar algunas escenas de lesbianismo que equilibren algo la abundancia de escenas homosexuales masculinas, algunos autores han decidido de un extraño modo que en las imágenes en que aparecen mujeres manipulando los dildos u ólisboi, se encuentra una referencia a la relación erótica homosexual. [...] Otro ejemplo que se saca a colación son las imágenes en las que aparecen dos mujeres juntas, u si están desnudas mejor. [...] Sin embargo, no hay nada, ni un atisbo de comunicación, de participación, ni un gesto, que nos invite a pensar que aquí hay deseo o emoción erótica. Muy al contrario de lo que veremos en las escenas masculinas. Y esto es lo más explícito que podemos encontrara en las imágenes clásicas. No hay imágenes de lesbianismo ni en el mundo griego ni en el romano, y lo afirmo con la misma rotundidad con la que lo han hecho muchos especialistas antes que yo.
Cármen Sánchez: Arte y erotismo en el mundo clásico (Siruelea, 2005)
Las fuentes iconográficas son sin duda las más elocuentes en el terreno del erotismo antiguo, y, aunque parcas en comparación con la cantidad de información que nos transmiten acerca de la pederastia y la heterosexualidad, no son en absoluto mudas respecto a las relaciones eróticas entre mujeres. En efecto, afirmaciones como que el lesbianismo fue «ampliamente ignorado» o «nunca fue representado a las claras» en la ceramografía clásica, frecuentes entre los estudiosos del tema, han de matizarse o incluso enmendarse, pues a continuación comprobaremos que existe, sobre todo en el ámbito ático, pero también en otros, un buen puñado de imágenes con implicaciones lésbicas, como veremos, muy claras.
Juan Francisco Martos Montiel: Desde Lesbos con amor. Homosexualidad femenina en la Antigüedad (Ediciones clásicas, 1996)

















«Salvaje y odioso niño, cachorro de funesta leona, niño hecho de roca e indigno del amor, a traerte he venido el presente postrero de mi soga. Pues ya, muchacho, no quiero agraviarte más con mi presencia, sino que marcho allá a donde tú me has condenado, donde dicen que está para los enamorados el remedio común de sus desdichas, donde está el olvido. Pero incluso si llevo por entero tal remedio a mis labios y lo apuro, ni así apagaré mi pasión. Mas ahora voy a decir adiós a tu puerta. Sé lo que vendrá: también la rosa es linda y el paso del tiempo la marchita, y es linda la violeta en primavera y con prontitud se agosta; blanco es el lirio, pero se marchita a poco florecer, y la nieve es blanca y se derrite al poco tiempo de caer. Y la belleza de los muchachos es hermosa pero de vida breve. Tiempo vendrá en que también marás tú, cuando, abrasado el corazón, llorarás amargas lágrimas. Pero tú, niño, dame el gusto este que será el postrero: cuando ak salir al infeliz a tus puertas veas colgado, no pasas de largo, sino quédate y llora un breve instante, y luego de derramar tuw lágrimas líbrame de la cuerda, envuélveme y cúbreme con las tropas de tu propio cuerpo y bésame por última vez. Aunque sea ya un muerto, concédeme la gracia de sus labios. No te asustes de mí, que no puedo a mi vez besarte, así, con un beso, te librarás de mí. Cávame una tumba que ocultará mi amor, y cuando vayas a marcharte, grítame por tres veces; “Ahí yaces, querido”. Y si lo deseas, añade esto: “Pereció mi hermosos camarada”. Escribe también este epitafio, que yo grabo en tus paredes: “A éste lo mató el amor. Caminante, no sigas sin pararte tu camino. Detente y pronuncia estas palabras: cruel era el amigo que tenía” ».















