9 Μαΐου 2011

ΗΡΑΚΛΗΣ ΚΑΙ ΑΒΔΗΡΟΣ


Como octavo trabajo Euristeo ordenó a Heracles traer a Micenas las yeguas del tracio Diomedes. Éste, hijo de Ares y Cirene, era rey de los bístones, pueblo de Tracia muy belicoso, y tenía unas yeguas devoradoras de hombres. Heracles se hizo a la mar con los que quisieron seguirle y, tras superar a los que estaban a cargo de los establos, condujo las yeguas hacia el mar. Cuando los bístones armados acudieron a rescatarlas, confió las yeguas para que las guardase a Abdero; era éste hijo de Hemes, locrio natural de Opunte, amado de Heracles, a quien las yeguas aniquilaron arrastrándolo. Luego se enfrentó a los bístones, dio muerte a Diomedes y obligó a los demás a emprender la huida; fundó la ciudad de Abdera junto a la tumba del malogrado Abdero, llevó las yeguas a presencia de Euristeo y se las entregó. Pero Euristeo las soltó y ellas se dirigieron al monte llamado Olimpo y allí permanecieron a manos de las fieras.

Apolodoro: Biblioteca mitológica (Alianza Editorial, 1993)
Trad.: Julia García Moreno

Gustave Moreau

2 Μαΐου 2011

ΗΡΑΚΛΗΣ ΚΑΙ ΥΛΑΣ 3


El relato del mito de Hilas, de factura típicamente alejandrina como muestran el Idilio 13 de Teócrito y las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, constituye el núcleo de la Elegía 1, 20 de Propercio. En ésta y en la 3, 15 properciana el mito se presenta en forma narrativa. La primera de ellas le parece probable que se corresponda con los comienzos de la actividad literaria del poeta de Asís.
El relato mítico propiamente dicho, de carácter claramente erótico y con presentación bucólica en Teócrito, más discreto en cuanto a la relación amorosa en Apolonio de Rodas, es utilizado por Propercio como ejemplo a tener en cuenta por Galo, a quien el poeta latino apostrofa en los quince primeros versos a propósito de sus amores con un adolescente que podría serle arrebatado por alguna mujer. La narración del mito que nos ocupa afirma que si Galo tiene en cuenta el ejemplo ofrecido por el mito, podrá conservar su amor:

Esto te advierto, Galo, por mi fiel amistad (que no se pierda en tu ánimo distraído), a menudo la mala suerte le sale al paso al enamorado incauto: el cruel Ascanio podría decírselo a los Minias. Tú tienes un amor de no inferior belleza ni de nombre desigual al de Hilas, el hijo de Teodamante. A éste, bien vayas recorriendo los arroyos del bosque sombrío, ya moje tus pies la onda del Anio, ya recorras la costa de los Gigantes, o en cualquier rincón por el movible cobijo del río, defiéndelo siempre del rapto codicioso de las ninfas (pues no es menor el amor de las itálicas que el de las Adríadas). Que no tengas, Galo, que ir a los duros montes y a las frías peñas, y a los lagos nunca conocidos: lo cual, habiéndolo sufrido Hércules en su desventurado viaje por desconocidas riberas, tuvo que llorar ante el Ascanio indómito.
Pues cuentan que antaño la nave Argo, salida del astillero de Pagasa, recorría el remoto rumbo de Fasis, y ya después de pasar las olas de la hija de Atamas, arribó a los escollos de los misios. Allí el grupo de los héroes, cuando arribó a las serenas orillas, cubrió el risueño litoral de muelle ramaje. Pero el compañero del invencible mancebo avanzó más allá a buscar la rara agua de una fuente apartada. Dos jóvenes lo persiguieron, descendencia de Aquilón. Lo perseguía desde lo alto Zetes, lo perseguía desde lo alto Cálais, querían robarle sus besos extendiendo sus manos, y arrebatárselos desde arriba en alternativa huida. El, en vilo, busca refugio bajo su propio brazo y con una rama espanta las asechanzas que vuelan. Y ya se había retirado la estirpe de Orothya Pandiónide, pero, ¡ay dolor!, Hilas caminaba, caminaba hacia las Hamadríadas. Allí había una fuente en la ladera del monte Arganto, humeda morada grata a las ninfas de Tinia, encima de la cual pendían, sin que se debieran a cuidado alguno, frescas manzanas de árboles abandonados; en torno, en el fresco prado, crecían lirios blancos entremezclados con adormideras purpúreas. E Hilas, ora cortándolas puerilmente con sus delicadas uñas, prefería la flor al deber que se había impuesto, ora echándose ignorante sobre las hermosas aguas, entretenía su descuido con tiernas imágenes. Al cabo se dispone a beber del río metiendo en él las manos y libando el agua recostado en su hombro derecho, por cuya blancura como arrobadas las doncellas Dríadas, dejaron asombradas sus acostumbradas danzas, y como resbalara, fácilmente lo arrastraron con el blando líquido: Hilas, al ser robado sus cuerpo, dio un grito. A éste desde lejos Alcides repitió respuestas, mas sólo el aura le devolvió el nombre desde la lejana fuente.
Aleccionado con estos ejemplos, Galo, guardarás tu amor, pues parece que has confiado el hermoso Hilas a las ninfas.

Dulce Estefanía (scielo.org.ar)

Mosaicos romanos
J.W Waterhouse / Edouard Théophile Blanchard / Henrietta Rae

25 Απριλίου 2011

ΗΡΑΚΛΗΣ ΚΑΙ ΥΛΑΣ 2

El hijo de Zeus [Heracles] echó a andar hacia el bosque para procurarse antes un remo apropiado a sus manos…
Entretanto Hilas con un cántaro de bronce lejos del grupo buscaba la sagrada corriente de un manantial, a fin de traer agua para la cena y con prontitud prepararle convenientemente todo lo demás antes de su llegada. Pues en tales costumbres lo educaba aquél, desde que lo arrebatara muy niño de la morada de su padre, el divino Tiodamante, a quien mató sin piedad entre los dríopes cuando se le enfrentó por un buey de labranza… Pero esto me apartaría lejos de mi canto.
Al punto llegó éste al manantial que llaman Fontanas los habitantes vecinos. Justamente entonces se formaban los coros de ninfas. Pues todas las ninfas, cuantas allí tenían por morada la amable montaña, se cuidaban de celebrar siempre a Ártemis con cantos nocturnos. Cuantas ocupaban las atalayas de los montes o también los torrentes, y las de los bosques, avanzaban en filas desde lejos; en tanto que del manantial de hermosa corriente otra ninfa acababa de emerger sobre el agua. Contempló a éste de cerca, arrebolado de hermosura y dulces encantos, pues la luna llena con su luz lo alcanzaba desde el cielo. Cipris estremeció el corazón de ésta y en su turbación apenas pudo recobrar el aliento.
Tan pronto como él sumergió el cántaro en la corriente, inclinándose de costado, y el agua gorgoteó fuertemente al penetrar en el sonoro bronce, en seguida ella le echó el brazo izquierdo por encima del cuello deseando besar su tierna boca, tiró de su codo con la mano derecha y lo hundió en medio del remolino.
El único de los compañeros que oyó su grito fue el héroe Polifemo Ilátida, que iba más adelante por el camino, pues aguardaba al portentoso Heracles cuando volviera. Acudió corriendo cerca de las Fontanas, como una fiera salvaje… mucho se lamentaba el Ilátida y en derredor recorría el lugar llamándole, pero vanos fueron sus gritos… Entonces, mientras blandía en su mano la espada desnuda, se encontró por el sendero con el propio Heracles… Furioso arrojó a tierra el abeto y corría por el sendero hacia donde sus pies lo llevaban precipitado…. en su arrebato, unas veces agitaba sus veloces rodillas sin cesar y otras en cambio, interrumpiendo su esfuerzo, lanzaba a lo lejos gritos con su gran voz gritos penetrantes.
Apenas la estrella maturina sobrepasó las más altas cumbres, soplaron las brisas… Ellos embarcaron aprisa ansiosos… Cuando en el cielo comienza a brillar la radiante Aurora… entonces se percataron de que los habían dejado atrás sin saberlo…

Apolonio Rodio: Las Argonáuticas I (Gredos, 2000)
trad. M. Valverde Sánchez

El rubio Hilas fue con una vasija de bronce a buscar agua para la cena del propio Heracles y del intrépido Telamón, ya que estos dos amigos compartían siempre la misma mesa. Pronto advirtió una fuente en una hondonada, a cuyo alrededor abundaban los juncos, la obscura celidonia, el verde culantrillo, el florido apio y la reptante grama. En medio del agua danzaban las Ninfas en corro, las Ninfas que nunca duermen, deidades terribles para los campesinos: Éunica y Málide y Niquía, de ojos de primavera.
Fue el mancebo con prisa a hundir la grande jarra en la fontana, mas ellas lo asieron todas de la mano, que a todas el tierno corazón les rindió amor con el deseo del muchacho argivo. Cayó él de golpe en el agua obscura, como cuando del cielo cae una encendida estrella de golpe al mar, y dice el marinero a sus iguales: “Largad velas, muchachos, que se levanta el viento”.
Tenían las ninfas al lloroso mancebo en su regazo y lo consolaban con palabras tiernas. El hijo de Anfitrión, acongojado, había salido en busca del doncel, con su arco, bien corvado a la manera escita, y su clava, que siempre le pendía de la diestra. “¡Hilas”, gritó tres veces cuanto pudo con su fuerte garganta; tres veces el doncel le respondió, pero su voz salió tenue del agua, y, estando tan cerca, lejos parecía. Cuando un cervato bala por los montes, el león carnicero corre de su cubil en busca de la comida ya segura. Tal se agitaba Heracles, que añoraba al doncel, por breñas no pisadas, recorriendo gran trecho. ¡Cuitados los amantes! ¡Cuánto penó por montes y maleza! La empresa de Jasón no le importaba ya.

Teócrito: Idilios XIII
trad. M. García Teijeiro – Mª T. Molinos Tejada
.
Volterrano: Hilas
H.W. Bissen: Hilas
Panel romano, siglo IV d.C.
Mosaico romano de Hilas y las ninfas (Museo de León)

18 Απριλίου 2011

ΗΡΑΚΛΗΣ ΚΑΙ ΥΛΑΣ 1

John William Waterhouse: Hilas
.
Cuando Heracles luchaba contra los driopes, mató a su rey Tiodamante y raptó a su hijo Hilas ((en griego Ύλας), joven de gran belleza, del cual se había enamorado. Hilas lo acompañó en la expedición de los Argonautas, pero durante una escala en Misia, mientras Heracles había ido a cortar un árbol para hacerse un remo –pues se había roto el que le sirviera hasta entonces’, Hilas recibió el encargo de ir en busca de agua de una fuente del bosque, o tal vez río (o lago) Ascanio. Las ninfas, al verlo tan hermoso, lo atrajeron hacia sí para conferirle la inmortalidad. Polifemo, que había saltado a tierra con Hilas y Heracles, fue el primero en darse cuenta de la desaparición del joven. Estuvo llamándolo largo rato, pero en vano, y también Heracles unió sus gritos a los suyos. Entretanto, los Argonautas habían levado anclas sin esperar a sus compañeros –tal vez por consejo de los Boréadas. Polifemo fundó en el lugar la ciudad de Cios, que más tarde tomó el nombre de Prusa. Heracles, sospechando que los misios habían raptado a Hilas, les tomó rehenes y ordenó buscar al joven, búsqueda que los misios seguían realizando solemnemente en el curso de una fiesta anual: los sacerdotes se dirigían en procesión al monte cercano y gritaban por tres veces el nombre de Hilas.

Pierre Grimal: Diccionario de Mitología griega y romana (Paidós, 2008)
.
Hilas (o Yolao), Heracles y Atenea

11 Απριλίου 2011

ΤΗΛΕΜΑΧΟΣ ΚΑΙ ΠΕΙΣΙΣΤΡΑΤΟΣ

Henry Howard: Telémaco y Pisístrato salen para Esparta
.
Para el sostenimiento de la hipótesis que la homosexualidad estaba difundida en el mundo homérico (más allá del caso de Aquiles y Patroclo) existen también otros motivos.
Observa B. Seargent a este respecto (retomando una observación de G. Dumézil) que Telémaco, cuando llega a Pilos, es acogido por el rey Néstor, que dispone que duerma con Pisístrato, su único hijo todavía no esposado, mientras que él (Néstor) se acuesta en el lecho nupcial al lado de su esposa. En otras palabras: Homero hace equivaler a Telémaco y Pisístrato a una pareja de cónyuges. Y no solamente una vez: también en Esparta Telémaco duerme con Pisístrato, que lo ha acompañado, mientras Menelao duerme con Helena, así que Atenea, cuando se aparece a Telémaco para exhortarlo a volver a Ítaca, encuentra a los dos jóvenes que yacen juntos. Y Telémaco, cuando la diosa se aleja, despierta a Pisístrato “tocándolo con el pie”.
La homosexualidad, en suma, si más bien no aparece explícitamente, parece transparentarse en los poemas, permaneciendo todavía en el fondo del relato, de alguna manera escondida, o al menos en la penumbra.
¿Pero por qué –si todo es cierto- Homero (o los rapsodas que se oculta bajo este nombre) muestra esta singular reticencia a hablar del asunto?
Aunque solamente como hipótesis, Seargent avanza una explicación: porque las relaciones entre hombres que aparecen en Homero no son relaciones pederásticas (ni iniciáticas, como habían sido en épocas precedentes, ni pedagógicas, como serán en épocas sucesivas). Son relaciones entre personas de aproximadamente la misma edad. Son en suma relaciones “banalmente” homosexuales, y como tal reprobadas. Una hipótesis a considerar, aunque, bien entendido, con todas las dudas que la escasez y la incertidumbre de la documentación dejan inevitablemente subsistir.

Eva Cantarella: Según natura. La bisexualidad en el mundo antiguo (Akal, 1991)




4 Απριλίου 2011

Ο ΘΡΗΝΟΣ ΤΟΥ ΑΧΙΛΛΕΑ ΣΤΗΝ HISTORIA TROYANA EN PROSA Y VERSO

__Los vnos por sus cormanos,
por amigos, por hermanos,
los otros por sus parientes,
que veyan todos quemados
e los poluos soterrados
en tierras d´estrañias gentes.
__Anchiles, cosa, çertera,
por Patroclo el que era
vn amor con el contado,
porque se amaron mucho,
a estado es aducho
de morir el mal fadado.
__Ca pues lo non veya biuo,
fazia llanto muy esquiuo,
teniase por confundudo,
muy graue mientre loraua
su cabeça quebrantaua
mill vezes en el escudo;
__toda su fruente rronpia lloraua
fuerte e dezia…
[…]
__Anchiles esto dezia
e con grand coyta caya
sobrel lecho amortecido,
e los griegos que lo veyen
cuydauan quelo auien
por sienpre perdido.
__ E creed que bien tres tanto
era ya mayor el lanto
que se fazia sobrel biuo
que sobrel muerto; e quando
acordaua, yua danto
bozes el catiuo,
__tirando de sus cabellos
cobriendo el lecho dellos.
Mas griegos, por conortarlo,
todos el lecho çercaron;
e de Patroclo trauaron
pensaron de soterrarlo.

Historia Troyana en prosa y verso


La Historia troyana polimétrica es una traducción realizada en torno a 1270 del Roman de Troie de Benoît de Sainte-Maure.
La obra, que nos ha llegado acéfala y trunca al final, adopta la forma de prosimetrum porque el contrapunto entre lo exterior (combates, discursos, digresiones narrativas) y la subjetividad de los personajes favorece la alternancia del verso y la prosa.
Si el texto narrativo es bastante fiel al original galo, los versos, en cambio, son en su mayor parte originales ya que no traducen, sino que parafrasean de forma amplificada.
Se ha de destacar, sobre todo, la variedad métrica que se usa:
Sextinas octosílabas aabccb;
Décimas de versos cuatri y octosílabos (sólo el quinto y el último, que son de arte mayor):
Cuartetas octosílabas (la forma más fácil y la preferida);
Dareados octosílabos;
Cuartetas monorrimas alejandrinas;
Cuartetas heptasílabas abab.
Variedad que, según Menéndez Pidal, se debe a que el autor «se esfuerza en adaptar el verso y la estrofa al carácter de cada tema tratado». (es.wikipedia.org)


John Flaxman

28 Μαρτίου 2011

Η ΛΑΤΡΕΙΑ ΤΟΥ ΑΧΙΛΛΕΑ ΚΑΙ ΤΟΥ ΠΑΤΡΟΚΛΟΥ ΣΤΗΝ ΑΡΧΑΙΟΤΗΤΑ

Henry Füssli: Aquiles intentando asir el alma de Patroclo
Johann Heinrich Schonfeld: Alejandro Magno ante la tumba de Aquiles
.
Después que la llama de Hefesto acabó de consumirte, oh Aquileo, al apuntar el día, recogimos tus blancos huesos y los echamos en vino puro y ungüento. Tu madre nos entregó un ánfora de oro, diciendo que se la había regalado Dionisio y era obra del ínclito Hefesto; y en ella están tus blancos huesos, preclaro Aquileo, junto con los del difunto Patroclo Menetíada, y aparte los de Antíloco, que fue el compañero a quien más apreciaste después de la muerte del difunto Patroclo. En torno de los restos, el sacro ejército de los belicosos argivos te erigió un túmulo grande y eximio en un lugar prominente, a orillas del dilatado Helesponto, para que pudieran verlo a gran distancia, desde el ponto, los hombres que ahora viven y los que nazcan en lo futuro. Tu madre puso en la liza, con el consentimiento de los dioses, hermosos premios para el certamen que habían de celebrar los argivos más señalados.

Homero: Odisea

Con este deseo y con esta disposición y pensamiento cruzó (Alejandro) el Helesponto. Habiendo subido subido hasta Ilión, sacrificó al honor en honor de Atenea e hizo libaciones en honor de los héroes. En cuanto a la estela de Aquiles, tras ungirse con aceite y realizar una carrera con sus compañeros, desnudo, tal y como es la costumbre, la coronó considerando a Aquiles afortunado, porque mientras vivió tuvo la suerte de tener un amigo fiel, y una vez muero, la de tener un gran heraldo.

Plutarco: Vida de Alejandro

Otros (dicen) que (Alejandro) coronó la tumba de Aquiles mientras que Hefestión dicen que coronó la de Patroclo.

Arriano de Nicomedia: Anábasis de Alejandro Magno

Se decía que la diosa Tetis levantó la isla del mar para su hijo Aquiles, que mora allí. Aquí están su templo y su estatua, una obra arcaica. La isla no está habitada y las cabras, no muchas, pastan en ella, sacrificándola a Aquiles la gente que llega a ella en sus barcos. En este templo también están depositados gran cantidad de regalos sagrados, cráteras, anillos y piedras preciosas, ofrecidos a Aquiles en agradecimiento. Aún pueden leerse inscripciones en griego y latín, en las que Aquiles es elogiado y celebrado. Algunas de ellas están escritas en honor de Patroclo, porque aquellos que desean ser favorecidos por Aquiles honran a Patroclo al mismo tiempo.

Arriano de Nicomedia: Periplo de Ponto Euxino

Tras haber visitado todos los vestigios de la ciudad, (Caracalla) llegó a la tumba de Aquiles y, después de honrarle con coronas y flores, imitó de nuevo a Aquiles. Puesto que también buscaba un Patroclo, hizo lo siguiente: Caracalla tenía entre sus libertos un predilecto, llamado Festo, director de archivo imperial. Este Festo murió mientras estaba en Ilión, -según cuentan algunos, envenenado para que fuera enterrado como Patroclo; según otros, consumido por la enfermedad-. Caracalla ordenó que el cadáver fuera recogido y que se amontonara mucha madera en una pira. En el centro colocó al muerto y, después de haber sacrificado todo tipo de animales, le prendió fuego. Con un vaso de libaciones imploró también a los vientos. A pesar de que era casi calvo, quiso poner un bucle encima de pira y fue objeto de mofa: sin tener en cuenta los (pocos) cabellos que tenía, se los cortó.

Herodiano

21 Μαρτίου 2011

Η ΨΥΧΗ ΤΟΥ ΠΑΤΡΟΚΛΟΥ ΕΠΙΣΚΕΠΤΕΤΑΙ ΤΟΝ ΑΧΙΛΛΕΑ


Así gemían los teucros en la ciudad. Los aqueos, una vez llegados a las naves y al Helesponto, se fueron a sus respectivos bajeles. Pero a los mirmidones no les permitió Aquileo que se dispersaran; y puesto en medio de los belicosos compañeros, les dijo:
—Mirmidones, de rápidos corceles, mis compañeros amados! No desatemos del yugo los solípedos bridones; acerquémonos con ellos y los carros a Patroclo, y llorémosle, que este es el honor que a los muertos se les debe. Y cuando nos hayamos saciado de triste llanto, desunciremos los caballos y aquí mismo cenaremos todos.
Así habló. Ellos seguían a Aquileo y gemían con frecuencia. Y sollozando dieron tres vueltas alrededor del cadáver con los caballos de hermoso pelo: Tetis se hallaba entre los guerreros y les excitaba el deseo de llorar. Regadas de lágrimas quedaron las arenas, regadas de lágrimas se veían las armaduras de los hombres. ¡Tal era el héroe, causa de fuga para los enemigos, de quien entonces padecían soledad! Y el Pelida comenzó entre ellos el funeral lamento colocando sus manos homicidas sobre el pecho del difunto.
—¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Hades! Ya voy a cumplirte cuanto te prometiera: he traído arrastrando el cadáver de Héctor, que entregaré a los perros para que lo despedacen cruelmente; y degollaré ante tu pira a doce hijos de troyanos ilustres por la cólera que me causó tu muerte.
Dijo y para tratar ignominiosamente al divino Héctor, lo tendió boca abajo en el polvo, cabe al lecho del hijo de Menetio. Quitáronse todos la luciente armadura de bronce, desuncieron los corceles, de sonoros relinchos, y sentáronse en gran número cerca de la nave de Eácida, el de los pies ligeros, que les dio un banquete funeral espléndido. Muchos bueyes blancos, ovejas y balantes cabras palpitaban al ser degollados con el hierro; gran copia de grasos puercos, de albos dientes, se asaban, extendidos sobre las brasas; y en torno del cadáver la sangre corría en abundancia por todas partes.
Los reyes aqueos llevaron al Pelida, de pies ligeros, que tenía el corazón afligido por la muerte del compañero, a la tienda de Agamemnón Atrida, después de persuadirle con mucho trabajo; ya en ella, mandaron a los heraldos, de voz sonora, que pusieran al fuego un gran trípode por si lograban que aquél se lavase las manchas de sangre y polvo. Pero Aquileo se negó obstinadamente, e hizo, además, un juramento:
—¡No, por Zeus, que es el supremo y más poderoso de los dioses! No es justo que el baño moje mi cabeza hasta que ponga a Patroclo en la pira, le erija un túmulo y me corte la cabellera; porque un pesar tan grande jamás, en la vida, volverá a sentirlo mi corazón. Ahora celebremos el triste banquete; y cuando se descubra la aurora, manda, oh rey de hombres Agamemnón, que traigan leña y la coloquen como conviene a un muerto que baja a la región sombría, para que pronto el fuego infatigable consuma y haga desaparecer de nuestra vista el cadáver de Patroclo, y los guerreros vuelvan a sus ocupaciones.
Así se expresó; y ellos le escucharon y obedecieron. Dispuesta con prontitud la cena, banquetearon, y nadie careció de su respectiva porción. Mas después que hubieron satisfecho de comida y de bebida al apetito, se fueron a dormir a sus tiendas. Quedóse el hijo de Peleo con muchos mirmidones, dando profundos suspiros, a orillas del estruendoso mar, en un lugar limpio donde las olas bañaban la playa; pero no tardó en vencerle el sueño, que disipa los cuidados del ánimo, esparciéndose suave en torno suyo; pues el héroe había fatigado mucho sus fornidos miembros persiguiendo a Héctor alrededor de la ventosa Troya. Entonces vino a encontrarle el alma del mísero Patroclo, semejante en un todo a éste cuando vivía, tanto por su estatura y hermosos ojos, como por las vestiduras que llevaba; y poniéndose sobre la cabeza de Aquileo, le dijo estas palabras:
—¿Duermes, Aquileo y me tienes olvidado? Te cuidabas de mí mientras vivía, y ahora que he muerto me abandonas. Entiérrame cuanto antes, para que pueda pasar las puertas del Hades; pues las almas, que son imágenes de los difuntos, me rechazan y no me permiten que atraviese el río y me junte con ellas; y de este modo voy errante por los alrededores del palacio, de anchas puertas, de Hades. Dame la mano, te lo pido llorando; pues ya no volveré del Hades cuando hayáis entregado mi cadáver al fuego. Ni ya, gozando de vida, conversaremos separadamente de los amigos; pues me devoró la odiosa muerte que el hado cuando nací me deparara. Y tu destino es también, oh Aquileo, semejante a los dioses, morir al pie de los muros de los nobles troyanos. Otra cosa te diré y encargaré, por si quieres complacerme. No dejes mandado, oh Aquileo, que pongan tus huesos separados de los míos: ya que juntos nos hemos criado en tu palacio, desde que Menetio me llevó desde Opunte a vuestra casa por un deplorable homicidio —cuando encolerizándome en el juego de la taba maté involuntariamente al hijo de Anfidamante—, y el caballero Peleo me acogió en su morada, me crió con regalo y me nombró tu escudero; así también, una misma urna, la ánfora de oro que te dio tu veneranda madre, guarde nuestros huesos.
Respondióle Aquileo, el de los pies ligeros:
—¿Por qué, caro amigo, vienes a encargarme estas cosas? Te obedeceré y lo cumpliré todo como lo mandas. Pero acércate y abracémonos, aunque sea por breves instantes, para saciarnos de triste llanto.
En diciendo esto, le tendió los brazos, pero no consiguió asirlo: disipóse el alma cual si fuese humo y penetró en la tierra dando chillidos. Aquileo se levantó atónito, dio una palmada y exclamó con voz lúgubre:
—¡Oh dioses! Cierto es que en la morada de Hades queda el alma y la imagen de los que mueren, pero la fuerza vital desaparece por completo. Toda la noche ha estado cerca de mi el alma del mísero Patroclo, derramando lágrimas y despidiendo suspiros, para encargarme lo que debo hacer; y era muy semejante a él cuando vivía.
Tal dijo, y a todos les excitó el deseo de llorar. Todavía se hallaban alrededor del cadáver, sollozando lastimeramente, cuando despuntó Eos de rosados dedos. Entonces el rey Agamemnón mandó que de todas las tiendas saliesen hombres con mulos para ir por leña; y a su frente se puso Meriones, escudero del valeroso Idomeneo. Los mulos iban delante; tras ellos caminaban los hombres, llevando en sus manos hachas de cortar madera y sogas bien torcidas; y así subieron y bajaron cuestas, y recorrieron atajos y veredas. Mas, cuando llegaron a los bosques del Ida, abundante en manantiales, se apresuraron a cortar con el afilado bronce encinas de alta copa, que caían con estrépito. Los aqueos las partieron en rajas y las cargaron sobre los mulos. En seguida éstos, batiendo con sus pies el suelo, volvieron atrás por los espesos matorrales, deseosos de regresar a la llanura. Todos los leñadores llevaban troncos, porque así lo había ordenado Meriones, escudero del valeroso Idomeneo. Y los fueron dejando sucesivamente en un sitio de la orilla del mar, que Aquileo indicó para que allí se erigiera el gran túmulo de Patroclo y de sí mismo.


Después que hubieron descargado la inmensa cantidad de leña, se sentaron todos juntos y aguardaron. Aquileo mandó a los belicosos mirmidones que tomaran las armas y unieran los caballos: y ellos se levantaron, vistieron la armadura, y los caudillos y sus aurigas montaron en los carros. Iban éstos al frente, seguíales la nube de la copiosa infantería, y en medio los amigos llevaban a Patroclo, cubierto de cabello que en su honor se habían cortado. El divino Aquileo sosteníale la cabeza, y estaba triste porque despedía para el Hades al eximio compañero.
Cuando llegaron al lugar que Aquileo les señaló, dejaron el cadáver en el suelo, y en seguida amontonaron abundante leña. Entonces, el divino Aquileo, el de los pies ligeros, tuvo otra idea: separándose de la pira, se cortó la rubia cabellera que conservaba espléndida para ofrecerla al río Esperquio; y exclamó, apenado, fijando los ojos en el vinoso ponto:
—¡Oh Esperquio! En vano mi padre Peleo te hizo el voto de que yo, al volver a la tierra patria, me cortaría la cabellera en tu honor y te inmolaría una sacra hecatombe de cincuenta carneros cerca de tus fuentes, donde están el bosque y el perfumado altar a ti consagrados. Tal voto hizo el anciana, pero tú no has cumplido su deseo. Y ahora, como no he de volver a la tierra patria, daré mi cabellera al héroe Patroclo para que se la lleve consigo.
En diciendo esto puso la cabellera en las manos del amigo, y a todos les excitó el deseo de llorar. Y entregados al llanto los dejara el sol al ponerse, si Aquileo no se hubiese acercado a Agamemnón para decirle:
—¡Oh Atrida! Puesto que los aquivos te obedecerán más que a nadie y tiempo habrá para saciarse de llanto, aparta de la pira a los guerreros y mándales que preparen la cena; y de lo que resta nos cuidaremos nosotros, a quienes corresponde de un modo especial honrar al muerto. Quédense tan sólo los caudillos.
Al oírlo, el rey de hombres Agamemnón despidió la gente para que volviera a las naves bien proporcionadas; y los que cuidaban del funeral amontonaron leña, levantaron una pira de cien pies por lado y con el corazón afligido, pusieron en ella el cuerpo de Patroclo. Delante de la pira mataron y desollaron muchas pingües ovejas y bueyes de tornátiles pies y curvas astas, y el magnánimo Aquileo tomó la grasa de aquellas y de éstos, cubrió con la misma el cadáver de pies a cabeza, y hacinó alrededor los cuerpos desollados. Llevó también a la pira dos ánforas, llenas respectivamente de miel y de aceite, y las abocó al lecho; y exhalando profundos suspiros, arrojó a la hoguera cuatro corceles de erguido cuello. Nueve perros tenía el rey que se alimentaban de su mesa, y degollando a dos, echólos igualmente en la pira. Siguiéronle doce hijos valientes de troyanos ilustres, a quienes mató con el bronce, pues el héroe meditaba en su corazón acciones crueles. Y entregando la pira a la violencia indomable del fuego para que la devorara, gimió y nombró al compañero amado:
—¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Hades![...]

Homero: Ilíada (canto XXIII)

14 Μαρτίου 2011

ΑΧΙΛΛΕΑΣ

Bertel Thorvaldsen
.
Aquiles era hijo de la diosa marina Tetis y del héroe Peleo, rey de Ftía, en Tesalia. La diosa le sumergi'o en la sangre de un drag'on o en la laguna de la Estigia, pero qued'o un punto no bañado por el líquido inmortalizador: el talón vulnerable […] Ya desde su nacimiento es patente su ilustre destino. Los dioses obligaron a Tetis, la bellísima hija de Nereo, a tomar como esposo a un mortal, temiendo el vaticinio de que ella daría a luz un hijo superior a su padre. Zeus y Poseidón desistieron de cortejar a la diosa marina y le asignaron al noble Peleo por marido. De la educación heroica de Aquiles se encargó el centauro Quirón, arquetípico maestro en la iniciación de héroes famosos, y el joven se mostró digno de sus enseñanzas. Luego el joven marchó a Troya con sus grandes caudillos aqueos (una vez que Ulises desbarató el ardid de su ocultamiento en Esciros). Allí se portó como debía y decidió el desenlace de la larga guerra, al dar muerte a muchos enemigos, y sobre todo a Héctor, el más valeroso de los hijos de Príamo, tal como se relata en el poema homérico.
La Ilíada se configura en torno al tema de la ira de Aquiles. En el comienzo se cuenta cómo, al reclamar el adivino Crises la devolución de su hija, asignada a Agamenón en el reparto de cautivas, el gran jefe del ejército aqueo accede a a ello, pero se lleva en compensación a la cautiva Briseida, asignada a Aquiles. El hijo de Tetis se enfurece y decide retirarse de los combates. En vano, cuando los troyanos ponen en apuros a los griegos, envía una embajada Agamenón a su tienda para rogarle que regrese. Sólo más tarde, cuando de nuevo los griegos están en un tremendo agobio, cede Aquiles a los ruegos de Patroclo, y le deja que se revista su armadura e intente salvarlos de la derrota total. Pero tras un primer victorioso avance, Patroclo muere, a manos del dios Apolo y del troyano Héctor. Terrible es el dolor del héroe al saber la muerte de su amigo; y decide vengarlo a cualquier precio. De nuevo acude Tetis a socorrer a su hijo, y le trae una nueva armadura, fabricada por el dios Hefesto. Irrumpe ya ferozmente Aquiles en la pelea y a su avance deja un rastro sangriento de muchos muertos, hasta encontrarse con Héctor. En el duelo ante los muros de Troya, Aquiles mata con su lanza, y la ayuda de Atenea, al príncipe troyano.
Sin embargo, el rencoroso Aquiles no está satisfecho aún, en su vengativo furor, con esa muerte, y arrastra durante días el cadáver de Héctor tras su carro para destrozarlo con completo. Pero hasta los dioses se apiadan del noble héroe troyano, y advierten al hijo de Peleo. Y el viejo rey Priamo, guiado por Hermes, acude de noche al campamento griego a solicitarle la devolución del cuerpo de su hijo. En una emotiva escena Aquiles accede. Se celebran juegos fúnebres por Patroclo en el campamento griego (canto XXIII), y en Troya los funerales de Héctor (XXIV). Y con esos lamentos fúnebres troyanos concluye la epopeya.
No se cuenta en la Ilíada la muerte de Aquiles (a quien mató Paris de un flechazo en el talón vulnerable) ni tampoco el final de Troya (conquistada gracias al truco del enorme caballo de madera). El final de la guerra se cuenta, con todo, en la primera parte de la Odisea, pero también estaban relatados esos episodios últimos en otros poemas que se han perdido. De Aquiles contaban otros poemas, algunos épicos que se perdieron pronto y otros muy posthoméricos (como el muy largo poema Posthomerica de Quinto de Esmirna), y variados resúmenes mitológicos y novelescos (en prosas latinas como las Crónicas troyanas de Dares y Dictis). […]
La Odisea nos ofrece, sin embargo, una última visión de Aquiles que merece comentario por su ironía y su mordacidad. Ulises habla con su antiguo camarada en su visita al Hades, y allí la sombra del gran guerrero muerto le hace una amarga confesión. Dice, en efecto, desde allí, este Aquiles fantasmal, que preferiría ser esclavo de un campesino que rey en el mundo de los muertos. Y esa protesta póstuma del héroe contra su destino nos causa una tremenda desazón. En el Más Allá sombrío Aquiles echa de menos la vida.

Carlos García Gual: Diccionario de Mitos (Planeta, 1997)
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Bertel Thorvaldsen /Léon Benouville/ Jules Bastien-Lepage/Ernst Herter

7 Μαρτίου 2011

Η ΕΡΩΤΙΚΗ ΣΧΕΣΗ ΑΧΙΛΛΕΑ ΚΑΙ ΠΑΤΡΟΚΛΟΥ

Bertel Thorvaldsen: Aquiles y Patroclo
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Desde el siglo V el aspecto sexual de la amistad entre Aquiles y Patroclo es un lugar común (…)La oposición entre Esquines (para quien el erasta es Aquiles) y Platón (para quien es Patroclo), reveladora de una dificultad, remite a la pertinente respuesta de Jenofonte: la homosexualidad griega es fundamentalmente una pederastia, un amor por los muchachos jóvenes: Aquiles y Patroclo, Teseo y Pirítoo, Orestes y Pílades, no son sino amistades viriles de las que se excluye la relación erasta/erómeno. Si puede dudarse sobre la identidad del erasta, es prueba de que la pareja de que se trate es ajena a la representación corriente de la homosexualidad. Un pasaje de la Ilíada afirma que Patroclo es mayor en edad que su amigo: en él se funda indudablemente el curioso concepto que tiene Platón del problema. Pero de este modo la norma social queda invertida: Aquiles es claramente dominante respecto de Patroclo y se comprende que, al revés que Platón, los autores casi unánimemente hagan al primero erasta del segundo.
Naturalmente, estas observaciones abonan la tesis general: si la pederastia griega tiene sus fuentes en una institución pedagógica, como tantos elementos animan a pensar, la relación entre Aquiles y Patroclo, que es la propia de la camaradería entre guerreros de la misma generación, no puede ser también sexual.
Al parecer, es en el siglo V cuando la relación entre Aquiles y Patroclo es objeto de una interpretación homosexual. Platón reprocha a Esquilo, el dramaturgo, que hubiera hecho de Aquiles amante de Ptroclo; sabido es que lo esencial de su obra se ha perdido: comprendía una trilogía, Los mirmidones, Las nereidas y Los frigios, completada por un drama satírico, El rescate de Héctor; la primera tragedia sería la fuente de la interpretación sexual tan a menudo evocada por los autores posteriores. A este respecto los dos fragmentos que se conservan no dejan lugar a dudas y su crudeza es sorprendente en la tragedia ática. El primero, citado por Plutarco en su inestimable Erotikós, dice:
¡No has respetado la augusta [pureza]
de tus muslos, oh cruel, a pesar de todos nuestros besos!
y el segundo habla de homília, esto es, «asociación» pero también «coito» «con las nalgas». Verosímilmente Aquiles pronuncia estas palabras ante el cadáver de Patroclo, a quien reprocha que no siga vivo junto a él. El contacto corporal, los coitos anal y crural son evocados con una nitidez que no tiene parangón, creo yo, antes de Solón, cuando éste celebra al erasta
Que tanto ama de los muchachos la juventud florida
[deseando] la dulzura de los muslos y los labios.

Bernard Sergent: La homosexualidad en la mitología griega (Alta Fulla, 1986)
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Antoine-Jean Gros: La muerte de Patroclo (¿?)
Giovanni Antonio Pellegrini: Aquiles contemplando el cuerpo de Patroclo
Aquiles llora ante el cadáver de Patroclo
George Dawe: Aquiles desesperado por la pérdida de Patroclo

28 Φεβρουαρίου 2011

ΠΑΤΡΟΚΛΟΣ

Jacques Luis David: Patroclo
Antoine Wiertz: Griegos y Troyanos luchando por el cadáver de Patroclo
Menelao llevando el cuerpo de Patroclo (copia romana de un original griego)
David Ligare: Aquiles y los griegos llevan el cuerpo de Patroclo
Thomas Douglas: Llevando el cuerpo de Patroclo al campamento
Johann Balthasar Probst: Tetis trata de consolar a Aquiles
Behjamin West: Tetis lleva nuevas armas a su hijo
Jacques Luis David: Los funerales de Patroclo
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Cuando, encolerizado, Aquiles se encierra en su tienda tras haber discutido con Agamenón, Patroclo cesa igualmente de combatir. En el canto XVI (llamado también Patroclea, Πατρόκλεια), mientras los troyanos recuperan terreno a los griegos y amenazan con quemar sus naves, Aquiles autoriza a Patroclo a ponerse su armadura y lanzarse al combate a la cabeza de sus Mirmidones. Durante su aristia, Patroclo mata a algunos troyanos, entre ellos a Sarpedón, hijo de Zeus, antes de toparse con Héctor, que es ayudado por Apolo. El dios, envuelto en una nube, lo golpea en la espalda; acto seguido, Euforbo, hijo de Panto, lo hiere de nuevo en el mismo lugar y huye enseguida a la carrera. Por último, Héctor da muerte a Patroclo y lo despoja de sus armas. Menelao y Áyax el Grande protegen su cuerpo y se lo entregan a Aquiles, quien decide entonces retomar las armas para vengarlo.
Tetis, madre de Aquiles, da de beber a Patroclo néctar y ambrosía para evitar que su cadáver se corrompa y, al mismo tiempo, Aquiles se enfrenta a Héctor y lo vence. El Pelida ofrece luego a los griegos un festín en honor de Patroclo, al final del cual se le aparece el muerto y le suplica que queme su cadáver lo antes posible. A la mañana siguiente, Aquiles ordena construir una pira funeraria para Patroclo, se corta un mechón de la cabellera y sacrifica bueyes, corderos, perros y caballos, así como a doce jóvenes nobles de Troya. (es.wikipedia.org)

21 Φεβρουαρίου 2011

ΑΧΙΛΛΕΑΣ ΚΑΙ ΠΑΤΡΟΚΛΟΣ 2

Lo que se deriva en realidad de las palabras de Tetis es que el vínculo con Patroclo era la razón por la que el héroe no había tomado esposa todavía: una confirmación, entonces, del carácter amoroso de la relación. Pero la exhortación de la madre al hijo para que cumpla finalmente su deber social no es, sin embargo, una condena absoluta de su relación con Patroclo. Parece más bien la invitación a aceptar la que, para los griegos, era una regla natural: alcanzada una cierta edad, se hacía necesario poner fin a la fase homosexual de la vida y asumir el papel viril con una mujer. Y para Aquiles había llegado esta edad: si hubiese un reproche oculto en las palabras de Tetis es el de haber prolongado demasiado – a causa del excesivo amor por Patroclo – la fase del amor homosexual.
En Homero, en suma, aparece un tema insólito en la literatura griega, que encontraremos también en autores de la época más tardía, como Teocríto, y reaparece en los poetas romanos, de Catulo a Marcial. Pero los indicios del amor entre Aquiles y Patroclo (puesto que se debe hablar de indicios más que pruebas) no terminan aquí.
En un reciente estudio dedicado al asunto han sido puestos en evidencia algunos pasajes homéricos que hacen muy difícil pensar en la relación entre los héroes como una simple amistad entre compañeros en armas. Muerto su amigo, como habíamos señalado, Aquiles no tiene ya razones para vivir: repetidamente desea no haber nacido, declara que su único deseo es morir, parece amenazar con el suicidio. Y o se limita a expresar su dolor gimiendo y cubriéndose la cabeza con tierra, como es normal en los héroes homéricos. Al comienzo del canto XIX, Tetis lo encuentra “echado sobre Patroclo”, desesperadamente abrazado a su cadáver, en una actitud completamente anómala dentro del cuadro de las manifestaciones homéricas del luto.
No es difícil, en suma, tras las palabras de Homero, leer la historia del amor. Y los antiguos, de hecho, y no por casualidad, tenían muy pocas dudas al respecto. En un fragmento de Los Mirmidones de Esquilo, conservado en el Amatorius de Plutarco, leemos el deseperado grito de celos en el que Aquiles estalla ante el cadáver del amigo muerto, acusándole haber traicionado su amor:
La venerada fuerza de sus muslos (meron) no respetaste, tú, a pesar de nuestros besos.
Uno de los dramas perdidos de Sófocles se titulaba Achilleos erastai, los amantes de Aquiles. Esquines, en la oración contra Timarco, habla de los dos héroes como de una pareja de amantes, lo mismo que el pseudo Luciano.
En resumen, en la antigüedad sólo se discutía un único detalle: en la célebre pareja, ¿quién era el amante y quién era el amado? Según Ateneo (además según Esquines y Esquilo), el erastes habría sido Aquiles. Platón, en el Banquete, sostiene por el contario que ele rastes era Patroclo. Y la tradición iconográfica parece aceptar esta interpretación, como demuestra un célebre vaso conservado en el museo de Berlín, que representa Aquiles mientras venda al amigo herido, y en el cual Patroclo lleva barba, símbolo de su mayor edad.
Pero, más allá de esas diferencias de opinión, lo que nos interesa destacar es la difundida convicción, en la antigüedad, de la existencia de una relación amorosa entre los dos héroes: lo que demuestra por lo menos, que en la época clásica era natural e inevitable pensar que una amistad tan intensa entre dos hombres comportase también un vínculo sexual. Y esto, por cierto, es no poco significativo.

Eva Cantarella: Según natura. La bisexualidad en el mundo antiguo (Akal, 1991)

Se puede leer también:

ΑΧΙΛΛΕΑΣ ΚΑΙ ΠΑΤΡΟΚΛΟΣ

ΑΧΙΛΛΕΑΣ ΚΑΙ ΠΑΤΡΟΚΛΟΣ 1

Ο ΑΧΙΛΛΕΑΣ ΘΡΗΝΕΙ ΤΟΝ ΘΑΝΑΤΟ ΤΟΥ ΠΑΤΡΟΚΛΟΥ

ΕΡΩΤΕΣ 1. ΑΧΙΛΛΕΑΣ ΚΑΙ ΠΑΤΡΟΚΛΟΣ

Gavin Hamilton: Aquiles llorando la muerte de Patroclo
Dirck van Baburen: Aquiles preparado para vengar la muerte de Patroclo

14 Φεβρουαρίου 2011

ΑΧΙΛΛΕΑΣ ΚΑΙ ΠΑΤΡΟΚΛΟΣ 1

Jean Auguste Dominique Ingres (1801): Aquiles recibiendo los embajadores de Agamenón
Aquiles, llevado por la ira, abandona la guerra. Agamenón envía unos embajadores (Fénix, Ayante y Ulises) para convencerlo de que vuelva. Aquiles está sentado. A su lado, de pie, está Patroclo. Fénix es el anciano; Ayante, el guerrero fornido; y Ulises el de la túnica roja
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Homero describe en la Ilíada amistades masculinas de intensidad afectiva tan fuerte para hacer pensar inevitablemente en lazos muy distintos de una simple solidaridad entre compañeros de armas: y la amistad que en este punto es casi obligado citar es la existente entre Aquiles y Patroclo. Una relación tan fuerte como para hacer que Aquiles, tras la muerte de Patroclo, declare tener un solo objetivo en la vida: tras haber vengado a su amigo, yacer con él en la misma fosa, para siempre, unido a él en la muerte como lo estaba en la vida. Una relación, entonces, bastante diferente de la que Aquiles había tenido con Briseida, la esclava-concubina que Agamenón le había arrebatado cuando se había visto privado de su esclava Criseida. Las esclavas eran compañeras intercambiables, como demuestra el gesto de Agamenón, que se consuela inmediatamente, sustituyéndola por otra, de la pérdida de Criseida. El lazo de Aquiles con Patroclo, por el contrario, era insustituible: y no es poco significativo, a este propósito, el discurso de Tetis, la madre de héroe, dirigido al hijo desesperado e inconsolable: Aquiles, dice Tetis, debe continbuar viviendo, y olvidando Patroclo, debe tomar esposa, «como debe ser».

Eva Cantarella: Según natura. La bisexualidad en el mundo antiguo (Akal, 1991)

Se puede leer también:

Los griegos transportan el cadáver de Patroclo despojado de las armas
Atenea defiende a Aquiles frente a Héctor, apoyado por Apolo

7 Φεβρουαρίου 2011

ΠΕΡΙ ΟΝΟΜΑΣΙΑΣ ΗΛΙΚΙΩΝ

El interés que los griegos tenían por la terminología de la edad y la importancia que le atribuían resultan claros apenas se hace un recorrido por las obras dedicadas al asunto por los gramáticos y lexicógrafos alejandrinos, y más especialmente el tratado Peri onomasias helikion de Aristófanes de Bizancio.
La relación de términos a los que pasa revista Aristófanes es larga y minuciosa, sobre todo a lo que se refiere a los términos que indican las edades menores.
Brefos, escribe Aristófanes, es el recién nacido. Paidion es el niño que se alimenta de leche materna. Presumiblemente, entonces, el niño hasta los dos, tres o cuatro años, cuando comienza a andar es llamado paidarion. Paidiskos es el niño de edad inmediatamente siguiente, cuando deja de ser tal para ser llamado país, cuando va a la escuela (seis-siete años entonces). Sucesivamente es pallax, boupais, antipais, mellefebos, y por fin, a los dieciocho años, efebos. Las edades siguientes están indicadas por los términos meirakion (o meirax), y después neaniskos, neanias, aner mesos, probebekos, (como tal, llamado también omogeron), presbutes, y finalmente eschatogeras (viejo decrépito).
(…) En la Grecia clásica el logro de la edad adulta comportaba un cambio del papel sexual: de la pasividad a la actividad (…)
Sin embargo, podía suceder que un menor, si bien próximo a los dieciocho años, estuviese tentado de asumir un papel activo con los paides de menor edad: en el Banquete de Jenofonte –por limitarnos a un ejemplo- sabemos de Critóbulo, que «si bien era todavía un erómenos, deseaba ya a otros jóvenes» o podía suceder que, incluso después de los dieciocho años, un muchacho siguiese siendo compañero pasivo de un relación homosexual.

Eva Cantarella: Según natura. La bisexualidad en el mundo antiguo (Akal)
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