24 Δεκεμβρίου 2012

Ο ΕΡΩΤΑΣ ΜΕΤΑΞΥ ΤΩΝ ΑΝΔΡΩΝ 1

Muchas son las imágenes en el mundo clásico que nos acercan al erotismo entre hombres. Fijémonos en dos, una griega, el medallón de una copa de figuras rojas donde un hombre adulto se aproxima a un jovencito, y otra romana, la copa Warren, un magnífico vaso de plata con la representación de una relación homosexual explícita. 
En la primera imagen, de principios del siglo V a. C., un hombre adulto y barbado, desnudo e itifálico, sujeta a un jovencito, casi un niño, entre sus piernas, mientras le toca. El joven responde amablemente acariciando la nuca de su compañero. Tras el hombre, el erastés o amante, hay un bastón, signo de su edad, y el recado de un atleta, aríbalo, esponja y estrígile. El niño, el país, mientras acaricia al erastés con una mano sujeta con la otra el regalo que acaba de aceptar de él, una liebre viva atrapada en una red. No hay muebles y los elementos de la imagen sugieren el ambiente atlético de la palestra y el de la caza menor. 
La segunda imagen, la cara anterior de una copa de plata de la época de Augusto, nos sigue representando el mismo tipo de pareja, el adulto barbado y el joven imberbe, pero el ambiente es muy diferente y la escena mucho más escabrosa. Bajo los amantes acoplados hay cojines y telas, una lira a la izquierda, y, a la derecha, una puerta entreabierta por la que asoma la curiosa cabecita de un joven esclavo. El escenario ahora es un cómodo lecho en una habitación con referencias a la música del banquete y la morbosa presencia del mirón, frecuente en muchas escenas eróticas romanas. 
Nos encontramos con dos formas de tratar visualmente el mismo tipo de relación. Hay similitudes y diferencias. ¿Qué significan? ¿Son estas imágenes representativas de la cultura a la que pertenecen? Contestaré a la segunda pregunta con un sí y un no. Sí, porque la homosexualidad masculina en Grecia está ligada a los ambientes atléticos e iniciáticos y porque en la Roma de Augusto las relaciones entre hombres y el concepto de simposio se veían de forma consciente como procedentes de una moda helenizante. No, porque los dos ejemplos son casos aislados y muy poco frecuentes. En el vaso griego, por la respuesta afectuosa del muchacho, y en el romano, porque las escenas eróticas en vasos de lujo, como la cerámica aretina o estos vasos de plata, suelen ser heterosexuales y una imagen como ésta, tan explícita, de relación homosexual era algo muy inusual. 
La idea del amor entre hombres es griega. Pero en contra del tópico del homosexual afeminado, entre los griegos los que amaban a un hombre eran los más viriles por naturaleza, y era precisamente su virilidad, su andreia, lo que les hacía buscar lo semejante. Dover lo expresa de forma contundente: un griego que comentara a sus amigos «estoy enamorado» esperaría de su audiencia que entendiera que el objeto de su amor era un jovencito y que deseaba más que cualquier otra cosa eyacular en or sobre el cuerpo de su amigo. 
El estímulo visual de la belleza de un joven y las cualidades admirables de un adulto son las que impulsan el deseo erótico entre dos amantes. Más que de homosexualidad en Grecia se ha hablado de seudo homosexualidad, ya que en el hombre griego coexisten el deseo de un jovencito con el deseo de una mujer. Y la relación establecida entre hombres, deseable e incluso honorable, es aquella que tiene como protagonistas a un adulto y un adolescente. Un muchacho es deseable hasta que le sale la barba: «Sí, te saldrá la barba, que es el último, el peor de los males, sabrás lo que es la escasez de amigos», y su cuerpo se llena de pelo: «Ni siquiera "buenos días". Pero uno dice:"¿Damón el hermoso ya no dice ni siquiera 'buenos días'?". Ah, pero el tiempo se encargará de castigarlo: todo lleno de pelos dirá "buenos días" y no tendrá respuesta». 
Pero ¿a partir de qué edad eran lícitas las relaciones con jovencitos? «Un encantador muchachito, hijo de mi vecino, me excita y no poco. Sonríe como queriendo cosas que no desconoce. Tiene apenas doce años. Ahora nadie vigila los racimos aún inmaduros.» Un niño de doce años se considera inmaduro pero ya despierta el deseo de Estratón. Él mismo nos hace una relación de las mejores edades para ser amado: «Disfruto las flores de uno de doce; si son trece los años, más fuerte deseo siento; el que tiene catorce destila delicias de amor más fuertes, más gusto el que está en el tercer lustro; los dieciséis son años divinos: no sólo yo busco el año decimoséptimo, sino Zeus. Para el que anhela un amante más viejo se acaba la broma: lo que busca está respondiendo dándose la vuelta». 
Las cualidades del erómenos, del efebo, son su belleza y su virtud. El joven ha de preocuparse por su reputación, no debe resultar fácil y no debe ceder sin ofrecer una cierta resistencia, y, desde luego, no se espera de él una participación activa. Las mujeres pertenecen a lo pasivo y el muchacho que es un no-hombre también. Los niños tenían que comportarse con corrección y decencia, en caso contrario podían recibir «una buena tunda de golpes», como nos dice Aristófanes en las Nubes. El Argumento Justo evoca cómo era la educación a la antigua: «Sentados en casa del maestro de gimnasia, los chicos tenían que extender sus muslos hacia delante, a fin de no mostrar a los de fuera nada indecente y después, al levantarse de nuevo, alisar la arena y procurar no dejar a sus enamorados ninguna huella de sus atributos». El niño que se aleja con el falo semi erecto en un vaso de Eufronios tiene bien ganada la amenaza de la zapatilla del maestro. 
La erótica entre hombres se concibe como un combate entre el que corteja y el que es cortejado, entre el erastés y el erómenos, siguiendo los términos de Dover. Es una relación que no deja de ser problemática e insatisfactoria. Se desea al erómenos, se puede llegar a amarle apasionadamente como el Critóbulo del Banquete de Jenofonte, un hombre recién casado que habla así de su amigo: «de noche no duermo porque no lo veo. De día, la cosa más hermosa que me puede suceder es verlo. Le daría todo lo que poseo voluntariamente y sin ningún sacrificio; si quisiese, sería su esclavo, por él me arrojaría incluso al fuego». No estaba mal vista ni desde luego se consideraba adulterio la relación de un hombre con otro. Adulterio sólo lo cometían las mujeres o los hombres que mantenían relación con una casada. Pero esta asimetría de papeles afectaba también a la relación homosexual. Las normas sociales sancionaban una relación entre dos varones adultos. Una vez que el hermoso joven se ha cubierto de nocturno vello debe ser abandonado: «apagóse Nicandro, al que igual que a los dioses en tiempos juzgábamos; voló la flor de su figura y ni un resto de gracia hay en él. No seáis demasiado altivos, muchachos; luego viene el vello». Y algún amante, como Estratón, tiene que tranquilizar a su joven erómenos prometiéndole una relación más duradera: «Aunque un bozo rizado tus mejillas cubra, y bucles dorados te sombreen las sienes, no te dejaré, querido mío; que tu belleza es mía a pesar de la barba naciente y de los pelos».

Cármen Sánchez: Arte y erotismo en el mundo clásico (Siruela, 2005)

12 Δεκεμβρίου 2012

ΕΓΩ ΓΝΩΡΙΖΩ ΤΗΝ ΚΛΗΡΟΝΟΜΙΑ ΜΟΥ. ΕΣΥ;


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Safo

Los dados de Eros. 
Antología de poesía erótica griega
trad.: Aurora Luque

30 Νοεμβρίου 2012

Η ΓΥΝΑΙΚΕΙΑ ΟΜΟΦΥΛΟΦΙΛΙΑ ΣΤΗΝ ΑΡΧΑΙΑ ΕΛΛΑΔΑ 9

El amor lésbico no parece haber interesado mucho en la Antigüedad clásica, al menos no en la cultura visual. No hay una sola escena de sexo entre mujeres ni en Grecia ni en Roma. Se ha especulado y se ha buscado mucho en las imágenes reflejos de la homosexualidad femenina en un mundo donde la tradición iconográfica del amor entre hombres es tan fuerte. Muchas veces se ha sugerido que en una sociedad como la griega, con tal división de sexos, la insatisfacción femenina podría haberse canalizado hacia la homosexualidad de forma «natural». Algunos textos, no sólo los de Safo, ponen al descubierto este tipo de prácticas. Luciano, por ejemplo, nos cuenta con palabras femeninas la manera en que es seducida una mujer por otras. […] 
En su afán por encontrar algunas escenas de lesbianismo que equilibren algo la abundancia de escenas homosexuales masculinas, algunos autores han decidido de un extraño modo que en las imágenes en que aparecen mujeres manipulando los dildos u ólisboi, se encuentra una referencia a la relación erótica homosexual. [...] Otro ejemplo que se saca a colación son las imágenes en las que aparecen dos mujeres juntas, u si están desnudas mejor. [...] Sin embargo, no hay nada, ni un atisbo de comunicación, de participación, ni un gesto, que nos invite a pensar que aquí hay deseo o emoción erótica. Muy al contrario de lo que veremos en las escenas masculinas. Y esto es lo más explícito que podemos encontrara en las imágenes clásicas. No hay imágenes de lesbianismo ni en el mundo griego ni en el romano, y lo afirmo con la misma rotundidad con la que lo han hecho muchos especialistas antes que yo. 

 Cármen Sánchez: Arte y erotismo en el mundo clásico (Siruelea, 2005) 


Las fuentes iconográficas son sin duda las más elocuentes en el terreno del erotismo antiguo, y, aunque parcas en comparación con la cantidad de información que nos transmiten acerca de la pederastia y la heterosexualidad, no son en absoluto mudas respecto a las relaciones eróticas entre mujeres. En efecto, afirmaciones como que el lesbianismo fue «ampliamente ignorado» o «nunca fue representado a las claras» en la ceramografía clásica, frecuentes entre los estudiosos del tema, han de matizarse o incluso enmendarse, pues a continuación comprobaremos que existe, sobre todo en el ámbito ático, pero también en otros, un buen puñado de imágenes con implicaciones lésbicas, como veremos, muy claras. 

Juan Francisco Martos Montiel: Desde Lesbos con amor. Homosexualidad femenina en la Antigüedad (Ediciones clásicas, 1996)

20 Νοεμβρίου 2012

Η ΓΥΝΑΙΚΕΙΑ ΟΜΟΦΥΛΟΦΙΛΙΑ ΣΤΗΝ ΑΡΧΑΙΑ ΕΛΛΑΔΑ 8

Éduard-Henri Avril 

Luciano de Samósata: Diálogos de las heteras
CLONARION Y LEENA23

CLONARION. — No paramos de oír, Leena, cosas realmente nuevas acerca de ti, a saber, que Megila la lesbia, la ricachona está enamorada de ti como un hombre, que vivís juntas y que no sé qué cosas os hacéis la una a la otra. ¿Qué me dices de eso? ¿Te sonrojas? Vamos, dime si es verdad.
LEENA. — Es verdad, Clonarion, y estoy abochornada pues es algo... antinatural.
CLONARION. — Por Afrodita24, ¿de qué se trata? O ¿qué pretende la mujer? ¿Y qué hacéis cuando estáis juntas? ¿Estás viendo? No me quieres, pues no me ocultarías asuntos de tal índole.
LEENA. — Te quiero más que a cualquier otra, es que la mujer en cuestión es terriblemente varonil.
CLONARION. — No entiendo lo que dices a no ser que se trate de una «hetera para mujeres»25. Cuentan que en Lesbos hay mujeres de esa índole, con pinta de hombres, que no quieren trato con hombres sino que son ellas las que acechan a las mujeres como si de hombres se tratara.
LEENA. — Se trata de algo así.
CLONARION. — Entonces, Leena, explícame estos detalles, cómo se te insinuó la primera vez, cómo te dejaste persuadir y todo lo que vino después.
LEENA. — Ella y Demonasa, la corintia, mujer también rica y de las mismas costumbres que Megila, habían organizado un guateque, y me habían contratado para que les tocara la cítara. Una vez que terminé de tocar, como ya era una hora intempestiva y había que acostarse, y ellas estaban aún borrachas, va Megila y me dice: vamos, Leena, es un momento estupendo para acostarse; así que métete en la cama con nosotras, en medio de las dos.
CLONARION. — ¿Y dormías? ¿Qué sucedió después?
LEENA. — Me besaban al principio como los hombres, no limitándose a adaptar sus labios a los míos, sino entreabriendo la boca, y me abrazaban al tiempo que me apretaban los pechos. Demonasa me daba mordiscos a la vez que me colmaba de besos. Yo no podía hacerme una idea de lo que era aquello. Al cabo de un rato, Megila que estaba ya un poco caliente se quitó la peluca de la cabeza —llevaba una que daba el pego perfectamente acoplada— y se dejó ver a pelo, como los atletas más varoniles, rasurada. Al verla quedé impresionada. Pero ella va y me dice: Leena, ¿has visto ya antes a un jovencito tan guapo? Yo no veo aquí, Megila, a ningún jovencito, le dije. No me tomes por mujer, me dijo, que me llamo Megilo y hace tiempo que casé con Demonasa, ahí presente, que es mi esposa. Ante eso, Clonarion, yo me eché a reír y dije: ¿Así pues, Megilo, nos has estado ocultando que eres un hombre exactamente igual que dicen que Aquiles se ocultaba entre las doncellas y tienes lo que los hombres tienen26 y actúas con Demonasa como los hombres? No lo tengo, Leena, replicó, ni puñetera la falta que me hace; tengo yo una manera muy especial y mucho más gratificante de hacer el amor; lo vas a ver. ¿No serás un hermafrodito, dije yo, como los muchos que se dice que hay que tienen ambos sexos? pues yo, Clonarion, desconocía todavía el tema. ¡Qué va! respondió, soy un hombre de cabo a rabo. Oí contar, decía yo, a la flautista beocia Ismenodora historias locales, que según dicen en Tebas alguien se convirtió de mujer en hombre, y que se trata de un excelente adivino, Tiresias se llama, creo; ¿acaso te ha ocurrido a ti algo así?27. No Leena, dijo; yo fui engendrada igual que todas vosotras las demás mujeres, pero mi forma de pensar, mis deseos y todo lo demás lo tengo de hombre. ¿Y tienes suficiente con los deseos, dije? Si desconfías, Leena, dijo, dame una oportunidad y comprenderás que no necesito para nada a los hombres, pues tengo algo a cambio de la virilidad; ya lo vas a ver. Se la di, Clonarion, pues me suplicaba con insistencia y me regaló un collar de los caros y unos vestidos de los finos. Después yo le iba dando abrazos como a un hombre en tanto que ella no dejaba de actuar y besarme y de jadear y me parecía que su placer era superior al normal.
CLONARION. — ¿Y qué hacía, Leena, y de qué manera? Dímelo antes que nada, que eso es lo que más deseo saber.
LEENA. — No preguntes tan minuciosamente, pues se trata de cosas vergonzosas; así que, por Afrodita28, no te lo podría decir.


23 Clonarion y Leena, literalmente Leona, protagonizan un diálogo subido de tono sobre un amor lesbiano que roza en lo que hoy llaman algunos «travestismo», aludiendo a «mujeres hombrunas». El hecho es considerado algo allokoton, esto es, sorprendente, llamativo, chocante, en oposición a las relaciones homosexuales entre varones que eran consideradas algo mucho más natural.
24 Clonarion jura por «la criadora de muchachos», kourotrophos, antiguo epíteto de la Tierra, que se aplica en ocasiones a Ártemis y a Afrodita, a quien conviene en este pasaje.
25 Fina manera de llamarla «lesbiana» o «invertida».
26 El pasaje es atrevido pero fino, recurriendo las heteras de turno a eufemismos como el que se alude en estas líneas.
27 La conversión de Tiresias de hombre en mujer ha sido ya glosada en la nota 28 a los Dialogos de los muertos.
28 Aquí Afrodita tampoco es mencionada por su nombre, sino por su epíteto «Urania», esto es, «Celestial».

Luciano: Obras IV (Gredos, 1992)
Trad.: José Luis Navarro González

También:

10 Νοεμβρίου 2012

Η ΓΥΝΑΙΚΕΙΑ ΟΜΟΦΥΛΟΦΙΛΙΑ ΣΤΗΝ ΑΡΧΑΙΑ ΕΛΛΑΔΑ 7

Atribuida al Pintor de Oltos, esta copa de figuras rojas de 510 a.C., 
nos muestra ; 
«dos heteras desnudas recostadas sobre almohadones. La de la izquierda 
con el pelo recogido en un sakos toca el doble aulós. La de la derecha, coronada, 
tiene un escifo en la izquierda y ofrece una copa de pie alto con la derecha.» 
Museo Aqueológico Nacional, Madrid

El amor en los banquetes
Al lado de los thiasoi (y después de que éstos desaparecieron), existieron en Grecia otros lugares en los cuales no sólo es posible, sino también probable (y parece en cierta medida documentado) que las mujeres se amasen libremente entre sí. Pero se trataba, en esto casos, de amores muy distintos de los iniciáticos: estos otros lugares eran los banquetes, sobre cuya función social y cultural ya hemos hablado a propósito de la homosexualidad masculina.
Los banquetes, entonces, eran lugares de encuentro destinados a los hombres. Las únicas mujeres que eran admitidas eran admitidas eran las flautistas, las danzarinas, las acróbatas y las hetairas: Leucipe, por ejemplo, o la rubia Euripile, la bulliciosa Gastrodora y Calicrites. Mujeres reclutadas por hombres con papeles diversos, pero con una única función: hacer más placentero al que pagaba el momento del banquete. Y aunque apenas se ve reflejado,  es natural pensar que en el transcurso de estos simposios, como consecuencia espontánea de la participación en la fiesta en la que el erotismo representaba un papel nada secundario (o quizás, aunque es solamente una petición, a petición masculina), sucediese que entre hetairas, flautistas, acróbatas y danzarinas tuviesen lugar encuentros amorosos más o menos ocasionales.
Esta posibilidad (además de por la lógica), está encubierta en un poema, tan célebre como discutido, dedicado por Anacreonte a una muchacha de Lesbos:

Otra vez Eros rubio
me echa el balón, llamándome
a jugar con la niña
de las sandalias;
reo ella –que es de Lesbos-
mi cabeza –está cana-
desprecia, y mira a otra con ojos ávidos.


Eva Cantarella: Según natura. La bisexualidad en el mundo antiguo (Akal, 1988) 

Cantarella encuentra una abierta confirmación de su hipótesis en una de las Cartas de meretrices del epistológrafo Alcifronte, probable contemporáneo de Luciano, en la que una hetera describe a otra fiesta en la que sólo participan mujeres (por supuesto del mismo gremio) y en cuyo desarrollo el vino y el sexo tienen un papel central. Creo que la detallada descripción y la gracia del pasaje permiten una cita quizás demasiado amplia:
«¡Qué fiesta hicimos (…), qué cantidad de deleites! Canciones, bromas, bebida hasta la madrugada, perfumes, coronas, golosinas. (…) Nos hemos emborrachado muchas veces, pero pocas tan a gusto. Pero lo que más nos divirtió fue una reñida porfía que se entabló entre Triálide y Mírrina en torno a cuál de las dos tenía un trasero más hermoso y delicado. En primer lugar Mírrina, tras quitarse el cinturón, comenzó a agitar sus caderas, que a través de su túnica de seda se veían temblar como un pastel de leche y miel, mientras bajaba la vista por detrás para observar los movimientos de su trasero; y suavemente, como si estuviera entregada a algún acto erótico (ενεργούσα τι ερωτικόν), comenzó a gemir de tal modo que ¡por Afrodita!, me dejó impresionada (καταπληγήναι). Pero de ningún modo abandonó Triálide, sino que la superó en lascivia: “Pues yo no voy s competir entre cortinas”, dijo, “ni con remilgos, sino como en el gimnasio, porque los subterfugios no le cuadran a esta competición”. Se quitó la túnica y curvando un poco las caderas dijo: “¡Ea, mira el color de la piel Mírrina, qué lozano, qué inmaculado, qué puro, estas nalgas de brillante púrpura, el apoyo de los muslos, sus carnes ni flacas ni muy gordas, los hoyuelos por encima! Pero, “por Zeus!”, exclamó mientras, sonreía maliciosamente, “no tiemblan como las de Mírrina”. Y ejecutó tal vibración del trasero, mientras que toda ella se agitaba sobre sus caderas a un lado y a otro como ondulándose, que todas aplaudimos y declaramos suya la victoria. Hubo también comparaciones de talle y competiciones de tetas (…)»

Juan Francisco Martos Montiel: Desde Lesbos con amor:Homosexualidad femenina en la antigüedad (Ediciones clásicas, 1996)

30 Οκτωβρίου 2012

Η ΓΥΝΑΙΚΕΙΑ ΟΜΟΦΥΛΟΦΙΛΙΑ ΣΤΗΝ ΑΡΧΑΙΑ ΕΛΛΑΔΑ 6


Entre los textos dramáticos conservados, contamos con un pasaje de la Lisistrata de Aristófanes y un fragmento del tragediógrafo Queremón en los que creemos hallar, si no una constatación  explícita, sí al menos sendas alusiones a la homosexualidad femenina. En efecto, al comienzo de la comedia aristofanesca, Lisistrata y su amiga Cleonice saludan a Lampito y, mientras la tocan y acarician, alaban con vehemencia la belleza, el porte y la «hermosura de tetas» de la espartana, que ha llegado acompañada de dos muchachas, una boecia y otra corincia, cuyos encantos físicos también serán blanco de las alusiones obscenas de ambas amigas.
No se debe olvidar, es cierto, que estamos ante una escena de comedia, donde la burla y la caricatura están de continuo presentes; pero no es infrecuente que, también en la comedia, la mujer calidficada de καλή, como aquí Lampito, suscite de inmediato el deseo sexual. Creemos, por tanto, que, aunque Dover la utilice en el contexto de los partenios de Alcmán, su afirmación de que «valorar la belleza ajena es (nos guste o no) un acto sexual» puede aplicarse aquí perfectamente. Por otro lado, si atendemos al trasfondo histórico en que se desarrolla la comedia, durante los años más duros de la larga guerra del Peloponeso, no parece descabellado pensar, como sugiere Koch-Harnack, que el exiguo número de hombres en Atenas , dada la alta mortandad en la guerra, hivciera a las mujeres buscar satisfacción sexual entre ellas.
[…]
La nómina de testimonios sobre la homosexualidad de la mujer en la Grecia clásica puede ampliarse bastante más si fijamos nuestra atención en otros campos, aparte del estrictamente literario. Asó, por ejemplo, Calame, en su reciente libro, cita una inscripción funeraria de Atenas que, según este autor, podría interpretarse como un nuevo testimonio de homofilia femenina: en ella, una cortesana (εταίρα) consagra a una mujer desaparecida en la flor de la juventud una estela funeraria, en recuerdo de una relación de amor (φιλότης) basada en la confianza (πίστη) y la ternura (ηδεία).

Juan Francisco Martos Montiel: Desde Lesbos con amor:Homosexualidad femenina en la antigüedad (Ediciones clásicas, 1996)

20 Οκτωβρίου 2012

Η ΓΥΝΑΙΚΕΙΑ ΟΜΟΦΥΛΟΦΙΛΙΑ ΣΤΗΝ ΑΡΧΑΙΑ ΕΛΛΑΔΑ 5

[…]  en El banquete platónico (191e), Aristófanes hace descender a las hetairístriai de la categoría de seres primordiales que estaban formados por dos partes de sexo femenino. El término no está atestiguado en ningún otro lugar, como tampoco su homólogo masculino hetairistés, aunque Pólux (VI 188) encontrara este último en una fuente ática que no precisa; designa claramente a una mujer que mantiene con otra mujer una relación comparable a una relación masculina de hetaíresis (cf. p. 52), y puede adquirir un matiz peyorativo si lo comparamos con laikástria, «mamona» (cf. p. 215), aunque esto no es del todo seguro, dado que Pl. Euthd. 297c nos presenta un término sophístria como femenino de sophistes en el sentido de «ingenioso», «con recursos ». Tenemos un epigrama helenístico (Asclepíades 7) sobre dos mujeres samias que
no quieren iniciarse en las (sc. ¿prácticas?) de Afrodita según sus reglas, sino que se pasan a otras que no son buenas (ou kalá). ¡Señora Cipris, odia a las que huyen de tu lecho!
Resulta llamativa tal hostilidad por parte de un poeta que en otro lugar (37) declara la fuerza de su deseo homosexual; el hecho de que trate de desertora y fugitiva a la mujer que rechaza tener amantes masculinos y que le reproche desobedecer las «reglas » (nómoi) de Afrodita, sugiere la posibilidad de que el silencio de la comedia respecto a la homosexualidad femenina sea un reflejo de la inquietud masculina hacia la cuestión. Hay, en efecto, algo así como temas tabú que los poetas cómicos evitaron explotar con propósitos humorísticos: la peste de 430 a. C. es uno, y la menstruación es otro.
En Esparta, en cambio, según Plutarco (Lyc. 18.9), «las mujeres de buena reputación (kalàs kaì agathás) amaban a las doncellas», es decir, tenían una relación femenina equivalente a la relación masculina entre erastés y erómenos.


Un plato arcaico de la isla de Tera (ce34) muestra aparentemente a dos mujeres cortejándose: una pone su mano sobre el rostro de la otra y ambas portan guirnaldas. Las pinturas vasculares en las que dos mujeres se cubren con el mismo manto se relacionan probablemente no con las que presentan a dos hombres cubiertos de manera similar (o tapados en parte por un ‘telón de fondo’: cf. p. 156), sino con otras escenas en que el número de mujeres puede pasar de dos y no estar éstas mirándose, sino mirando todas en la misma dirección.120 Un vaso ático de figuras rojas (r207), excepcional en su género, muestra a una mujer arrodillada que palpa la zona genital de otra mujer.


Al hablar de homosexualidad femenina en Grecia he evitado los términos «lesbiana» y «lesbianismo», y ello por una buena razón. En la Antigüedad, la expresión «(mujeres) lesbias» podía connotar iniciativa sexual e impudicia (cf. Ferécrates fr. 149, donde se toma en el sentido de laikástriai); Hesiquio (λ 692) define lesbiázein como «practicar la felación» (cf. Suda λ 306), y cuando Filocleón, en Ar. Vesp. 1345 s., dice a la muchacha que se ha traído a casa de una fiesta: «¿Has visto con qué habilidad te he sacado cuando estabas a punto de lesbiázein a los invitados?», es evidente que no se refiere a ninguna tendencia homosexual que pudiera tener la muchacha, sino que simplemente traduce la idea de «flirtear con los invitados» a los términos groseros y excesivos adoptados normalmente por la comedia. En el quinto de los Diálogos de cortesanas de Luciano (escrito en el siglo ii d. C.), encontramos a una mu jer homosexual muy viril proveniente de Lesbos (tiene la cabeza rapada y lleva peluca), pero su compañera, igualmente homosexual, con ayuda de la cual seduce a una muchacha, procede de Corinto, y si la elección de estas dos ciudades por parte de Luciano tiene algún significado, es sin duda que tanto Lesbos como Corinto (cf. p. 204) eran localidades famosas en cuestiones sexuales.

K.J. Dover: Homosexualidad griega (El Cobre, 2008)

10 Οκτωβρίου 2012

Η ΓΥΝΑΙΚΕΙΑ ΟΜΟΦΥΛΟΦΙΛΙΑ ΣΤΗΝ ΑΡΧΑΙΑ ΕΛΛΑΔΑ 4

Oscar Larsen (Austria, 1887-1975): Safo y sus alumnas 

Pero lo cierto es que la homosexualidad de Safo, además de un hecho pedagógico, es también, como subraya Cantarella, “expresión de un sentimiento real y verdadero, de una relación interpersonal vivida a veces con excepcional intensidad afectiva”. Para esta autora, existe una diferencia sustancial entre el directo testimonio femenino de Safo, que subraya el aspecto personal y afectivo de la relación erótica, y los posteriores testimonios masculinos, que, como el de Plutarco, ponen de relieve la analogía entre homosexualidad masculina y femenina enfatizando el aspecto pedagógico de la relación; esto la lleva a concluir que “la homosexualidad femenina se ha construido culturalmente sobre el modelo de la masculina, y es presentad como un calco de ésta por las pocas fuentes masculinas que a ella aluden”. La tesis de Cantarella, desarrollada en su citado libro Según natura, se fundamenta en la consideración de los rasgos que distinguen la relación homosexual masculina de la femenina. La pederastia, en efecto, supone una transmisión de la potencia viril del varón adulto al joven, quien se somete a una especie de humillación necesaria para acceder al grupo de los dominadores. Por el contrario, “el amor entre mujeres es paritario, no prevé la sumisión” ni simboliza “transmisión de potencia”; es más, “la mujer, con el matrimonio, no entra en un grupo de edad superior que tiene poder sobre las personas de edad inferior del mismo sexo”, sino “en la familia del marido, donde está sometida a éste y a los demás hombres que forman parte del οίκος. La pederastia, por tanto, tiene un significado simbólico y social del que la homosexualidad femenina carece. Y, aunque no niega Cantarella el valor iniciático de los círculos femeninos, afirma también que la relación homosexual entre mujeres “carece del valor pedagógico institucional confiado, dentro de las instituciones masculinas, a la relación con otro hombre”. 

Juan Francisco Martos Montiel: Desde Lesbos con amor: Homosexualidad femenina en la antigüedad (Ediciones clásicas, 1996)

(Lydia) Amanda Brewster Sewell (EEUU, 1859 - 1926): Safo

30 Σεπτεμβρίου 2012

Η ΓΥΝΑΙΚΕΙΑ ΟΜΟΦΥΛΟΦΙΛΙΑ ΣΤΗΝ ΑΡΧΑΙΑ ΕΛΛΑΔΑ 3

Eros vuela entre dos mujeres 

  La cultura griega de los siglos VII-VI a.c. (de la que nos estamos ocupando), nos sólo aceptaba como normal la existencia de relaciones amorosas entre mujeres en la vida de los thiasoi, sino que la formalizaba, a través de la celebración de una ceremonia de tipo iniciático, que unía a dos muchachas con un lazo exclusivo de pareja de tipo “matrimonial”. Y para aclarar el sentido de los matrimonios iniciáticos dentro de los thaisoi (además de suministrar pruebas de su existencia) interviene en el siglo VII el célebre partenio de Alcmán, llamado “del Louvre”, compuesto por encargo para celebrar el reconocimiento en Esparta, por parte del thiasos, del amor exclusivo entre dos muchachas: Agido y Hagesícora. Una unión por así decir oficial y que, como tal, era solemnizada por la recitación de un canto coral que (puesto que no todas dla directoras de thiasoi estaban en condiciones, como Safo, de hacerlo personalmente) fue escrito por encargo por Alcmán. Pero, ¿qué decía exactamente este canto? Agido y Hagesícora (que resulta ser la corega) aparecen, inequívocamente, en el papel de una pareja cuya unión, ya exclusiva, deja sin esperanzas a las muchachas del coro, conscientes del hecho de que nada, ningún regalo ni ninguna tentación podrá separar a Agido de Hagesícora, y convencerla para que ame a otra:
No basta la abundanciade púrpura 
a vencerlas, ni el elegante brazalete de oro 
en forma de serpiente, ni el tocado 
lidio, adorno 
de las muchachas de dulces párpados, 
ni las trenzas de Nanno, 
ni aun Areta, a una diosa semejante, 
ni Thylakís ni Kleesithera bastan.
Así cantan. Y luego, dirigiéndose directamente a Agido:
Y no irás a decirle a Ainesimbrota, en casa: 
“Si yo a Astaphís tuviera, 
Y si por mí miraran 
Philylla y Damareta y la amada Vianthemis!” 
Antes, Hagesicora es quien me rinde.
Agido entonces, ya no confiará sus amores a Ainesimbrota (evidentemente la directora de thiasos), ya no pedirá su intervención para obtener el amor de una de las compañeras: ella ama solamente a Hagesícora, para siempre. Los versos de Alcmán, señalados ya por A. Griffiths como un canto nupcial, celebran, en efecto, un matrimonio: pero no, como pensaba Griffiths, un matrimonio heterosexual. Son –como hemos dicho- la consagración en el interior del thiasos de una ceremonia iniciática del tipo de las que, como testimonia Himerio, eran celebradas también en el thiasos de Safo y a las cuales siempre refiriéndose al thiasos de Safo, alude también Aristéneto 

Eva Cantarella: Según natura. La bisexualidad en el mundo antiguo (Akal, 1988)

20 Σεπτεμβρίου 2012

Η ΓΥΝΑΙΚΕΙΑ ΟΜΟΦΥΛΟΦΙΛΙΑ ΣΤΗΝ ΑΡΧΑΙΑ ΕΛΛΑΔΑ 2

s. VII a.C., Museo Arqueológico de Thera, Grecia

Pero el amor entre mujeres no fue un fenómeno exclusivo de la isla de Lesbos: diversos testimonios nos informan de que, al menos durante la época arcaica, era admitido también en comunidades espartanas más o menos afines a las lesbias. En efecto, al final de una amplia digresión sobre la homosexualidad masculina en Esparta, Plutarco dice que «tan bien considerado estaba el amor entre ellos que hasta las mujeres distinguidas y respetables amaban a las muchachas». Y en el Banquete de los sofistas de Ateneo de Náucratis, dentro de una larga disertación sobre la homosexualidad, hallamos la afirmación de que «entre los espartanos (…) es costumbre unirse a las muchachas antes de sus bodas como se hace con los muchachos». Es cierto que esta frase de Ateneo es un tanto ambigua, pero, con Calame, no creo que se deba ver en ella, como quieren algunos autores, una alusión a relaciones anales con muchachas vírgenes, «como se hace con los muchachos» (ως παιδικοίς) entre otras razones porque en la relación pederástica, como demuestran bastantes representantes iconográficas, lo normal era el coito intercrural, no el anal. En mi opinión, la afirmación de Ateneo cobra pleno sentido a la luz del pasaje plutarqueo anteriormente citado, y así ambos testimonios han sido aducidos por la mayoría de los investigadores para probar que, como contrapartida de la pederastia masculina en Esparta, también en la iniciación femenina se daba una relación homosexual. En este sentido se pronunciaba, ya en el siglo II d.C., el sofista Máximo de Tiro, quien comparaba la pedagogía erótica de Safo con la de Sócrates:
«Qué es el amor de la lesbia sino el arte amorosa de Sócrates? Mi impresión es que ambos tienen la misma idea del afecto, aquella el de las mujeres, y éste, el de los hombres. Asó, lo que Alcibíades, Cármides y Fedro eran para Sócrates, eran para la lesbia Girina, Atis y Anactoria: y lo que para Sócrates eran rivales como Pródigo, Gorgias, Trasímaco y Protágoras, fueron para Safo Gorgo y Andromeda».
Parece claro, por tanto, a la vista de la simetría con la pederastia que se establece en estos testimonios, el carácter propedéutico de la relación entre mujeres adultas y muchachas, correlato de la relación masculina entre εραστής y ερώμενος.

Juan Francisco Martos Montiel: Desde Lesbos con amor: Homosexualidad femenina en la antigüedad (Ediciones clásicas, 1996)

10 Σεπτεμβρίου 2012

Η ΓΥΝΑΙΚΕΙΑ ΟΜΟΦΥΛΟΦΙΛΙΑ ΣΤΗΝ ΑΡΧΑΙΑ ΕΛΛΑΔΑ 1

Fílipos Margaritis (Grecia, 1810-1892): Oda a Afrodita

Homosexualidad femenina en la Grecia arcáica: Safo 1
Los términos lesbianismo y safismo, dos de las denominaciones usuales en las principales lenguas europeas modernas para designar la homosexualidad femenina, toman su origen en la figura y la obra de la poetisa Safo de Lesbos, que vivió entre los siglos VII y VI a.C. y cuya fama de homosexual, como veremos en el próximo capítulo, se puede rastrear ya desde época helenística. Mucho se ha escrito sobre los sentimientos que revelan las poesías de Safo, sobre el carácter de las relaciones que mantenía con las muchachas de las que nos habla, sobre si éstas se integraban en un simple grupo de amigas o se trataba más bien de una especie de asociación religiosa o cultural o incluso de in “pensionado de señoritas”, como lo llamó anacrónicamente Wilamowitz, etc. Lo cierto es que, en este amplio y antiguo debate sobre la realidad de las tendencias homosexuales de Safo, con frecuencia se ha pretendido falsear, por cuestiones tanto morales como estéticas, algo que es difícil de negar: ciertos pasajes de sus poemas testimonian el sentimiento homosexual de la poetisa al referirse “a un amor real tendente a su consumación física”.
Así ocurre, por ejemplo, con el único poema que nos ha llegado completo, el fr. 1, conocido también como
Oda a Afrodita, en el que la diosa, a quien Safo implora ayuda en sus cuitas amorosas, le dirige estas palabras:
«¿A quién he de persuadir esta vez a sujetarse a tu cariño? ¿Safo ¿quién te agravia? Porque si te rehuye, pronto te perseguirá, y si no acepta regalos, los dará, y si no te ama, pronto te amará, aunque no quiera ella».
Destaca en estos versos la morosidad en la presentación del género femenino de la persona amada, que no aparece explícito hasta el participio final (εθέλοισα) de esta estrofa, la penúltima, y sólo aquí, además, en todo el poema. Es sabido que la filología de los dos últimos siglos hizo verdaderas filigranas para intentar sustraer al lector la feminidad del destinatario del amor de Safo, y no sólo en este poema, donde lo tenía relativamente fácil.

Juan Francisco Martos Montiel: Desde Lesbos con amor: Homosexualidad femenina en la antigüedad (Ediciones clásicas, 1996)

30 Αυγούστου 2012

ΧΑΛΚΙΔΙΖΕΙΝ

Vanguelis Kiris (Grecia)

A poca distancia de Tebas, en el ágora de Calcis, en Eubea, existía una tumba no menos notable que la de Diocles. Plutarco, citando a un Aristóteles, que más parece el historiador de Calcis que el filósofo, relata lo siguiente poniéndolo en boca de su hijo:
Conoceréis sin duda la historia de Cleómaco de Farsalo y en qué circunstancias murió en combate.
-No, lo que es nosotros, la ignoramos -dijo Pemptides en nombre de sus amigos-, y la oiremos con gusto.
-En efecto, merece la pena -siguió mi padre-. Cleómaco había acudido en socorro de las gentes de Calcis, en lo más crudo de la guerra lelantina que oponía a estos y a las gentes de Eretria. Los de Calcis disponían de una infantería sólida pero apenas estaban en condiciones de resistir a la caballería enemiga; de modo que solicitaron a su aliado Cleómaco, hombre de magnífico valor, que atacara, el primero, a los escuadrones enemigos. Como el joven a quien amaba estaba allí, Cleómaco le preguntó si deseaba contemplar la batalla; el muchacho le respondió afirmativamente, le abrazó con ternura y le puso el casco. Entonces Cleómaco, ardoroso, llevó consigo a los tesalios más bravos, dio una carga espléndida y cayó sobre los enemigos, los derrotó y dispersó su caballería. La infantería de Eretria también huyó tras este éxito, de modo que los de Calcis obtuvieron una victoria completa. Pero Cleómaco había hallado la muerte en el combate. En el ágora de su ciudad los de Calcis muestran su tumba, todavía hoy coronada por su alta columna, y el amor por los muchachos que anteriormente experimentaban fue desde entonces todavía más favorecido y honrado.
(Aristóteles, si bien dice que Cleómaco fue muerto al triunfar en el combate sobre los de Eretria, se aparta de este relato: según él, el guerrero abrazado por su joven amigo habría sido uno de los de Calcis de Tracia, enviados en socorro de los de Calcis de Eubea; a partir de entonces los de Calcis cantarían la siguiente estrofa:

Niños (paides) tan colmados de gracias
como vuestros padres de virtud,
no neguéis a los valientes
la proximidad de vuestra hermosura:
con el valor floreció
en las ciudades de los de Calcis
el Amor que relaja los miembros.)

Finalmente, según cuenta el poeta Dionisio en sus Orígenes, el nombre del erasta sería Anto y el del erómeno, Filisto.

Bernard Sergent: La homosexualidad en los mitos griegos (Alta Fulla, 1986)

20 Αυγούστου 2012

ΘΕΟΚΡΙΤΟΥ ΕΙΔΥΛΛΙΟΝ ΧΙΙΙ. (ΥΛΑΣ)

Hilas y Heracles
en la película
Jasón y los Argonáutas (1963)

“Idilio XIII”, de Teócrito

La divinidad, sea cual fuere, de quien nació tal hijo, no engendró a Amor para nosotros solos, Nicias, como pensábamos; no somos los primeros a los que lo hermoso hermoso les parece nosotros, que somos mortales, que el mañana no vemos. También el guerrero de corazón bronce, el hijo de Anfitrión, el que afrontó al león terrible, se prendó de un doncel, del adorable Hilas, que lucía su rizosa melena. Enseñable, cual hace un padre con su querido hijo, todos los conocimientos que a él le habían servido para ser un héroe celebrado. Nunca lo dejaba, ni al llegar el mediodía, ni cuando la Aurora de albos corceles se remontaba a los dominios de Zeus, ni cuando los polluelos piando miraban al nido mientras su madre agitaba las alas en la ahumada percha, pendiente siempre de que el doncel acabara formado según su designio y de que por su propio esfuerzo se convirtiera en un verdadero hombre. Y así, cuando Jasón Esónida se disponía a navegar en busca del vellocino de oro e iban a acompañarle los paladines elegidos en todas las ciudades para prestar ayuda en la empresa, llegó también a la opulencia Yolco el hombre de los penosos trabajos, el hijo de Alcmena, heroína de Midea, y con él de dirigió Hilas a Argo, la nave de fuertes bancos que no tocó las azules Rocas Chocadoras, sino que pasó entre ellas y corrió rumbo al profundo Fasis, cual águila al espacioso mar; por ello quedaron desde entonces fijos estos escollos.
Cuando se leventan las Pléyades y en las alzadas pacen los jóvenes corderos, al declinar ya la primavera, aquel divino grupo de héroes escogidos se hizo a la mar, y a bordo de la cóncava Argo llegaron al Helesponto en tres días con el viento Sur. Tomaron puerto dentro de la propóntide, donde los bueyes del país de Cío desgastan los arados abriendo anchos surcos. Desembarcaron en la playa y al atardecer pusiéronse por parejas a preparar la cena y, aunque eran muchos, dispusieron un solo lecho, pues había una pradera que les ofrecía mucho servicio para sus yacijas. En ella cortaron agudo cárex y altas juncias. El rubio Hilas fue con una vasija de bronce a buscar agua para la cena del propio Heracles y del intrépido Telamón, ya que estos dos amigos compartían siempre la misma mesa. Pronto advirtió una fuente en una hondonada, a cuyo alrededor abundaban los juncos, la obscura celidonia, el verde culantrillo, el florido apio y la reptante grama. En medio del agua danzaban las Ninfas en corro, las Ninfas que nunca duermen, deidades terribles para los campesinos: Éunica y Málide y Niquía, de ojos de primavera.
Fue el mancebo con prisa a hundir la grande jarra en la fontana, mas ellas lo asieron todas de la mano, que a todas el tierno corazón les rindió amor con el deseo del muchacho argivo. Cayó él de golpe en el agua obscura, como cuando del cielo cae una encendida estrella de golpe al mar, y dice el marinero a sus iguales: “Largad velas, muchachos, que se levanta el viento”.
Tenían las ninfas al lloroso mancebo en su regazo y lo consolaban con palabras tiernas. El hijo de Anfitrión, acongojado, había salido en busca del doncel, con su arco, bien corvado a la manera escita, y su clava, que siempre le pendía de la diestra. “¡Hilas”, gritó tres veces cuanto pudo con su fuerte garganta; tres veces el doncel le respondió, pero su voz salió tenue del agua, y, estando tan cerca, lejos parecía. Cuando un cervato bala por los montes, el león carnicero corre de su cubil en busca de la comida ya segura. Tal se agitaba Heracles, que añoraba al doncel, por breñas no pisadas, recorriendo gran trecho. ¡Cuitados los amantes! ¡Cuánto penó por montes y maleza! La empresa de Jasón no le importaba ya.
Hallábase la nave tripulada por todos por presentes, los aparejos estaban izados, y los héroes, en mitad de la noche, aprestaban las velas aguardando a Heracles; mas él iba enloquecido a donde sus pies lo condujeran, pues en dios cruel le desgarraba por dentro las entrañas. Así, entre los bienaventurados se encuentra ahora el bellísimo Hilas. A Heraclés, en cambio, reprochábanle los héroes haber abandonado la nave, pues dejó a Argo, la nao de treinta bancos, y llegó a pie a la Cóquide y al inhóspito Fasis.

Bucólicos griegos (Gredos, 1986)
trad. M. García Teijeiro – Mª T. Molinos Tejada

11 Αυγούστου 2012

ΘΕΟΚΡΙΤΟΣ 3

Delmas Howe (EEUU): Hilas y Heracles

La tumba de Diocles nos evoca uno de los temas clave no sólo de la literatura griega, sino de toda la poesía amorosa: el paso del tiempo y la inevitabilidad de la muerte. Como dice uno de los personajes de Teócrito al recalcitrante joven que corteja (XXIX):
Por tus suaves labios, te pido que recuerdes
que eras más joven hace doce meses:
antes de que un hombre pueda escupir, estamos viejos y arrugados.
Este pesimismo melancólico alterna con el alegremente resignado carpe diem. Ya que la muerte es inevitable y que ha de ocurrir antes de lo que pensamos, el amor es todavía más necesario y urgente. Lejos de ofrecer una visión trivial, idealizada, del amor, en un mundo perfecto inexistente, la poesía de Teócrito puede, sin previo aviso, herir al lector desprevenido con un rayo momentáneo de reflexión depresiva. Quizá la mejor manera de resumir la fundamental actitud de Teócrito con respeto al amor, una vez que hemos admirado la belleza y puesto aparte su contexto pastoril, sea citar dos versos del Idilio XXX:
Pero el enamorado se alimenta sólo de recuerdos,
mientras que el deseo le consume hasta los huesos.
Esta imagen del amor como una enfermedad devastadora o incluso como podredumbre post mortem, lejos de parecer inapropiada para el tono exultantemente erótico de tantos poemas de Teócrito, sirve para confirmar y subrayar ese aire de pesimismo melancólico mencionado. La vida es más hermosa todavía si pensamos en cómo termina. Se trata de un mundo en el que, a pesar de que las uvas abundan en la vid y el vino nunca falta, a pesar de que los cuerpos de los muchachos y muchachas que cuidan sus rebaños en fértiles campos son siempre esbeltos y hermosos, “las uvas se secan; las rosas se marchitan y mueren” (XXVII). La muerte puede aparecer en cualquier momento –y ningún momento es bueno para la visita- para repetir su eterna amenaza: Et in Arcadia ego.
Y así, Teócrito, el más radiante y lúcido de los poetas eróticos, es también el primero de los grandes elegíacos. Su descripción de la muerte de Hilas y del subsiguiente duelo de Heracles (XIII) es mucho más conmovedoramente erótica que la fría narración que de los mismos sucesos hace Apolonio en La Argonáutica.

Gregory Woods: Historia de la Literatura Gay (Akal, 2001)

30 Ιουλίου 2012

ΘΕΟΚΡΙΤΟΣ 2

Para mí, el aspecto más delicioso de los Idilios de Teócrito se halla en la asociación entre los placeres de la improvisada poesía amorosa y el acto mismo de hacer el amor. En la obra de Teócrito, la vista de una persona digna de amar desata un torrente verbal panegírico. Los diálogos, incluso los competitivos o de rivalidad, son formas de cortejo. Un bello poema merece los besos de una muchacha o de un joven hermoso. Un poema erótico puede provocar reacciones físicas y recompensas incluso más deliciosas. En estos idilios, los jóvenes tienen ocupaciones modestas pero útiles, por lo general cuidando rebaños de ovejas o de cabras, y son, sin duda, pobres. Pero nunca desean riquezas más grandes que un panal recién cogido, una siringa nueva o la armonía y dulzura de un amante hermosos. En la mayoría de los poemas aparecen guardando sus rebaños y al propio tiempo en una agradable holganza. Hay aquí mucho de loe Walt Whitman llamaría “haraganería”. Buena parte del tiempo de estos pastores estña dedicado al cortejo amoroso, prolijo y sosegado. La excitación sexual va y viene.
Algunas de las fiestas y costumbres arcádicas vistas o inventadas por Teócrito producen la impresión de que estamos ante una cultura casi intoxicada por su expansiva sexualidad. Véase como ejemplo el siguiente fragmento del Idilio XIII:
Niceros, hombres de Megara, primeros entre los remeros,
ojalá prosperéis y seáis bendecidos por el honor
con que tratasteis a Diocles, el extranjero del Ática,
amante de los jóvenes. Al comienzo de cada primavera
los muchachos siguen reuniéndose en torno a su tumba y compiten
en torneos del arte del amor. Y aquel cuyos besos,
labio con labio, son juzgados como los más dulces volverá a casa,
junto a su madre, adornado con las guirnaldas de la victoria.
¡Es un hombre afortunado el elegido como juez!
Diocles fue un ateniense que murió intentando salvar la vida de un joven a quien amaba. Los muchachos que honran su tumba con esa excitante competición erótica lo hacen a modo de preparación para conseguir el honor de ser amados por alguien como Diocles, si es que exista otro hombre semejante. Se preparan para poder besarle del modo más dulce y estar a la altura del honor recibido. Lo importante es que al relacionar los juegos eróticos con la yumba de Diocles esos jóvenes están aceptando las normas de heroísmo, virilidad y fidelidad masculinas de su sociedad. El último verso de los citados no precisa, es obvio, de grandes comentarios. El afortunado hombre que juzga a los muchachos puede entregarse honorablemente a la promiscuidad, aunque sólo sea mientras dure la competición, incluso si se limita a imaginar el placer, todavía más dulce, de hacer el amor con ellos. El lector, sin duda, se halla en una posición semejante, pero sin los besos

Gregory Woods: Historia de la Literatura Gay (Akal, 2001)

22 Ιουλίου 2012

ΘΕΟΚΡΙΤΟΣ 1

Los idilios bucólicos del poeta Teócrito (ca. 308-240 a.C.) junto con las obras menores, pero semejantes, de Bion y de Mosco, son poemas que han fijado de modo definitivo la visión de la vida pastoril preferida por la cultura occidental y, por ello, ejercen una mayor autoridad en la posterior producción literaria de lo que, en sentido estricto, merecen por sus propias cualidades estéticas (que, como se admite, no son insignificantes). Se trata de poemas que reflejan un mundo en parte basado en las realidades de la vida diaria de los pastores –incluyendo excrementos, reproducción, muerte- y en parte en un espacio idealmente arcádico, vigilado de cerca y solícitamente atendido por dioses benevolentes. Es un mundo poblado por gentes sencillas, ajenas por completo a toda cultura libresca (aunque receptivas y sensibles a las musas de la poesía cantada) y, por el contario, buenas conocedoras de la naturaleza. Dedican su tiempo a cuidar de sus rebaños y cosechas, a disfrutar de la belleza natural que les rodea y a enamorarse. Su entretenimiento principal es cantar, a menudo compitiendo unos con otros y teniendo como premio una siringa. Las canciones que improvisan se refieren a sus propias vidas: loan la belleza de la persona que aman, lamentan la muerte de un amigo, arrullan a su ganado hasta que se duerme.
Teócrito distingue entre deseo y amor; el primero es impulsivo y rudo; el segundo es tardo y causa dolor como posterior placer. Sin embargo, Teócrito nunca afirma que el amor carezca por completo de deseo. Los jóvenes de sus poemas han visto a ovejas y cabras montadas por sus machos, lo que les excita, ya que ello indica que los cuerpos han sido creados para el acto sexual. Se llega a insinuar incluso que también los animales pueden excitarse ante las relaciones físicas de los seres humanos; así ocurre en un breve pasaje del Idilio V, que los traductores ingleses suelen poner en latín. El cabrero Comatas y el pastor Lacon se sienten en cierto momento rivales y con ánimo de competir. Dice el primero:
Cuando yo te sodomice, lo verás. Tus cabras
balarán y tus carneros las montarán.
A lo que Lacon responde con lo que debe ser uno de los más enérgicos insultos iimprovisado:
Que te entierren no más profundamente que tu culo,
viejo jorobado.
Sin embargo, la familiaridad de estos hombres con el mundo natural puede proporcionarles también un fuerte sentido de lo que es un a conducta apropiada o no. Y por lo general no consideran el “montar” el cuerpo deseado como un fin en sí mismo. Su lascivia no es decadente, a la manera de los maleados habitantes de las ciudades. En la Arcadia, todo está concorde con las leyes naturales, y ese todo incluye el amor entre hombres y jóvenes. En la competición de canciones que sigue al diálogo citado poco más arriba, Comatas canta acerca de una muchacha que corteja, mientras que Lacon lo hace acerca del joven Cratidas, que está jugando a hacerse el indiferente con él. Y Comatas le dice a Lacon, todavía cantando:
No me digas que ya has olvidado
cuando te cogí en el suelo
y tú me violaste alegremente contra la encina.
La evidente reciprocidad de este rudo encuentro –que Lacon declara haber olvidado- da lugar a una melancólica canción en la que se manifiesta el deseo por sus otros amores. El deseo, sin duda, es un estado de ánimo bien apropiado para cantar.

Gregory Woods: Historia de la Literatura Gay (Akal, 2001)

10 Ιουλίου 2012

ΘΕΟΚΡΙΤΟΥ ΕΙΔΥΛΛΙΟΝ ΧΧΙΧ

“Idilio XXIX”, de Teócrito
A un doncel
«Vino y verdad,» caro doncel, reza el adagio; también nosotros hemos de ser sinceros, pues que estamos bebidos. Voy a decirte yo lo que está en el fondo de mi pecho: no accedes a quererme con todo el corazón. Bien lo sé, pues tu hermosura me da media vida, mas la otra media no existe para mí. Cuando tú quieres, mi día es como el de las deidades; cuando no quieres tú, todo es obscuridad. ¿Cómo es razón llenar a quien nos ama de amarguras?
Si me haces caso, tú, que eres joven, a mí, que soy más viejo, mejor te irá y habrás de agradecérmelo. Haz un solo nido en un árbol solo, donde no llegue ningún cruel reptil. Tú reposas, en cambio, hoy en esta rama, y mañana en aquella, y pasas de una a otra. Si alguien al mirarte te alaba el rostro hermoso, eres ya íntimo suyo, amigo de tres años, y el que siempre te quiso se torna para ti amigo de tres días. [No busques novedades, quédate con es que es igual siempre]. Si así lo haces, tu fama será buena en la ciudad, y no habrás de sufrir penas de Amor, quien subyuga el corazón de los hombres sin esfuerzo, quien a mí, que era de hierro, así ha ablandado.
Por tu dulce boca te lo ruego, recuerda que hace un año eras más joven y que nos hacemos viejos y arrugados antes de lo que se tarda en escupir; que no es posible recuperar la juventud, pues ella lleva alas en la espalda, y nosotros somos muy lentos para coger lo que se va volando. Debes pensar en esto y ser más amigable, y corresponder leal al amor que te tengo, para que, cuando tengas ya barba de hombre, haya amistad digna de Aquiles entre nosotros.
Pero si dejas que el viento lleve esto, y en tu interior te dices: «¡Demonio de hombre! ¿Por qué me molestas?», yo, que ahora a buscar por ti fuera las Manzanas de oro y atraer al Guardián de los muertos, a Cerebro, entonces, aunque tú me llamaras, ni hasta la puerta de casa saldría, libre ya de este echarte de menos que me agobia.

Bucólicos Griegos (Gredos, 1986)
Trad.: Manuel García Teijeiro y María Teresa Molinos Tejada

30 Ιουνίου 2012

ΘΕΟΚΡΙΤΟΥ ΕΙΔΥΛΛΙΟΝ ΧΧΙΙΙ (ΕΡΑΣΤΗΣ Η' ΔΥΣΕΡΩΣ)

“Idilio XXIII”, de Teócrito

Un hombre apasionado amaba a un cruel adolescente, si por belleza notable, no en cambio igual en su conducta. A su enamorado detestaba y ni un amable gesto tenía para con él en su ignorancia de qué dios es el Amor, qué dardos amargos les dispara a los muchachos, y áspero de todo punto era en las palabras y en el trato. No había en él consuelo alguno para tales ardores, en sus labios no un breve mohín, no un luciente destello de sus ojos, no una manzana, no una palabra, no el beso que al amor da alivio. Tal como la fiera de los bosques a los cazadores mira recelosa, así con todo humano él se comportaba; salvaje era la mueca de sus labios y amenazador el mirar de sus pupilas… Su rostro se alteraba con la bilis, y el color, cercado por la insolencia de su cólera, le huía. Mas aún así seguía estando hermoso y con su cólera más el enamorado se excitaba. Y al fin éste no pudo soportar tan gran llama de la diosa Citerea, sino que, dirigiéndose entre llantos a la casa odiosa, besó sus jambas y así se alzó su voz:
«Salvaje y odioso niño, cachorro de funesta leona, niño hecho de roca e indigno del amor, a traerte he venido el presente postrero de mi soga. Pues ya, muchacho, no quiero agraviarte más con mi presencia, sino que marcho allá a donde tú me has condenado, donde dicen que está para los enamorados el remedio común de sus desdichas, donde está el olvido. Pero incluso si llevo por entero tal remedio a mis labios y lo apuro, ni así apagaré mi pasión. Mas ahora voy a decir adiós a tu puerta. Sé lo que vendrá: también la rosa es linda y el paso del tiempo la marchita, y es linda la violeta en primavera y con prontitud se agosta; blanco es el lirio, pero se marchita a poco florecer, y la nieve es blanca y se derrite al poco tiempo de caer. Y la belleza de los muchachos es hermosa pero de vida breve. Tiempo vendrá en que también marás tú, cuando, abrasado el corazón, llorarás amargas lágrimas. Pero tú, niño, dame el gusto este que será el postrero: cuando ak salir al infeliz a tus puertas veas colgado, no pasas de largo, sino quédate y llora un breve instante, y luego de derramar tuw lágrimas líbrame de la cuerda, envuélveme y cúbreme con las tropas de tu propio cuerpo y bésame por última vez. Aunque sea ya un muerto, concédeme la gracia de sus labios. No te asustes de mí, que no puedo a mi vez besarte, así, con un beso, te librarás de mí. Cávame una tumba que ocultará mi amor, y cuando vayas a marcharte, grítame por tres veces; “Ahí yaces, querido”. Y si lo deseas, añade esto: “Pereció mi hermosos camarada”. Escribe también este epitafio, que yo grabo en tus paredes: “A éste lo mató el amor. Caminante, no sigas sin pararte tu camino. Detente y pronuncia estas palabras: cruel era el amigo que tenía” ».
Tras decir esto, tomó una piedra y… la horrible piedra, até de ella (?) la fina cuerda, echó un lazo a su garganta, hizo rodar el asiento de debajo de sus pies y allí quedó suspendido, muerto. Y el otro a su vez abrió la puerta y vio el cadáver colgado en la entrada de su propia casa. Y no se le conmovió el alma, no lloró la reciente muerte, sino que manchó sobre el muerto sus ropas todas de adolescente y marchó a las competiciones del gimnasio y, tranquilamente, a los baños que eran su pasión y cerca del dios que había ultrajado. Del plinto de piedra voló al agua, pero desde la altura saltó también la estatua y mató al vil mozalbete. El agua se tiño de rojo y sobre ella flotó la voz de niño:
«Regocijaos, vosotros los amáis, pues el que odiaba recibió la muerta. Y amad, vosotros los que odiáis, pues el dios sabe hacer justicia».

Bucólicos griegos (Akal, 1986)
Edición de Máximo Brioso Sánchez
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